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Miss Marple y trece problemas (Agatha Christie) - pág.27

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Una jarra de cerveza contribuyó un poco a desatar la lengua de aquel individuo.
-Ha venido un detective de Londres -gruñó-. Dicen que ese barco que se hundió en noviembre pasado llevaba a bordo gran cantidad de oro. Bueno, no fue el primero en zozobrar y tampoco será el último.
-Cierto, cierto -intervino el posadero de Las Tres Áncoras-. Has dicho una gran verdad, Bill Higgins.
-Vaya silo es, Mr. Kelvin -replicó Higgins.
Miré con cierta curiosidad al posadero. Era un hombre muy peculiar, moreno, de rostro bronceado y anchas espaldas. Sus ojos parecían inyectados en sangre y tenían un modo muy extraño de evitar la mirada de los demás. Sospeché que aquél era el hombre de que me hablara Newman, al que calificó de sujeto interesante.
-No queremos extranjeros entrometidos en estas costas -dijo con tono siniestro.
-¿Se refiere a la policía? -preguntó Newman con una sonrisa.
-A la policía y a otros -replicó Kelvin significativamente-. Y no lo olvide usted, señor.
-¿Sabe usted, Newman, que me ha sonado como una amenaza? -le dije cuando subíamos la colina para dirigirnos a casa.
Mi amigo se echó a reír. -Tonterías, yo no le hago ningún daño a la gente de aquí.
Yo moví la cabeza pensativo. En Kelvin había algo siniestro y salvaje, y comprendí que su mente podía discurrir por sendas extrañas e insospechadas.
Creo que mi inquietud comenzó a partir de aquel momento. La primera noche había dormido bastante bien, pero la siguiente mi sueño fue intranquilo y entrecortado. El domingo amaneció gris y triste, con el cielo encapotado y la amenaza de los truenos estremeciendo el aire. Me fue difícil disimular mi estado de ánimo y Newman observó el cambio operado en mí.
-¿Qué le ocurre West? Esta mañana está hecho un manojo de nervios.
-No lo sé -dije-, pero tengo un horrible presentimiento.
-Es el tiempo.
-Sí, es posible.
No dije más. Por la tarde salimos en la lancha motora de Newman, pero se puso a llover con tal fuerza que tuvimos que regresar a la playa y ponernos inmediatamente ropa seca.
Aquella noche creció mi ansiedad. En el exterior la tormenta aullaba y rugía. A eso de las diez la tempestad se calmó y Newman miró por la ventana.
-Está aclarando -anunció-. No me extrañaría que dentro de media hora hiciera una noche magnífica.


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