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Miss Marple y trece problemas (Agatha Christie) - pág.26

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-Un caso muy curioso -comenté.
-Lo es, considerando lo que representan los lingotes de oro. No es como un collar de brillantes, que puede llevarse en el bolsillo. Bueno, parece del todo imposible. Debieron de hacer alguna triquiñuela antes de que partiera el barco. Pero, de no ser así, el oro ha tenido que desaparecer en los últimos seis meses, y yo voy a investigar el asunto. Encontré a Newman esperándome en la estación. Se disculpó por no traer su automóvil, que se encontraba en Truro a causa de ciertas reparaciones necesarias. En su lugar había traído una camioneta de la finca.
Tomé asiento a su lado y avanzamos con prudencia por las estrechas callejuelas del pueblecito pesquero, subimos por una pendiente muy pronunciada, yo diría que de un veinte por ciento, recorrimos una corta distancia por un camino zigzagueante y finalmente enfilamos los pilares de granito de la entrada de Pol House.
Era un lugar encantador, situado sobre los acantilados, con una estupenda vista sobre el mar. Algunas partes tenían unos trescientos o cuatrocientos años de antigüedad, pero se le había añadido un ala moderna. Detrás de ella se extendían unos siete u ocho acres de terreno de cultivo.
-Bienvenido a Pol House -dijo Newman-. Y a la enseña del Galeón Dorado -y señaló hacia la puerta principal, de donde pendía una reproducción perfecta de un galeón español con todas sus velas desplegadas.
Mi primera noche allí fue deliciosa e instructiva. Mi anfitrión me mostró viejos manuscritos que hacían referencia al Juan Fernández. Desplegó cartas de navegación ante mí, indicándome posiciones marcadas con líneas de puntos, y me enseñó planos de aparatos de inmersión, los cuales, debo confesar, me satisficieron por completo.
Le hablé del encuentro con el inspector Badgworth, cosa que le interesó sobremanera.
-Hay gentes muy extrañas por esta costa -dijo en tono pensativo-. Llevan en la sangre el contrabando y la destrucción. Cuando un barco se hunde en sus costas no pueden evitar considerarlo un pillaje legal para sus bolsillos. Hay aquí un individuo al que me gustaría que conociera. Es un tipo interesante.
El día siguiente amaneció claro y radiante. Fuimos a Polperran y allí me fue presentado el buzo de Newman, un hombre llamado Higgins. Era un individuo de rostro curtido, extremadamente taciturno y cuyas intervenciones en la conversación se reducían a monosílabos. Después de discutir entre ellos sobre asuntos técnicos, nos dirigimos a Las Tres Ancoras.


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