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Los relojes (Agatha Christie) - pág.263

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Página 263 de 269



Poirot se mostraba modesto.
- Tendré que comprobar ciertos extremos...
- Claro, claro...
Hardcastle se despidió, abandonando el cuarto. Poirot concentró su
atención en mí. El hombre enarcó las cejas.
- Eh bien... ¿Puedo preguntarle en qué piensa? Parece usted un
hombre que acabara de ver una aparición.
- Acabo de darme cuenta de lo tonto que he sido.
- ¡Ah! Eso nos sucede a todos con harta frecuencia.
Pero evidentemente, ¡a Hércules Poirot, no! Tenía que pasar al
ataque..
- Dígame una cosa, Poirot. Si, como usted ha venido afirmando,
pudo llegar a las conclusiones específicas sentado tranquilamente
en una butaca de su apartamento, a donde, además, hubiera
podido llamar a Dick Hardcastle, ¿por qué razón se molestó en
presentarse aquí?
- Ya le he hablado de las reparaciones que se estaban llevando a
cabo donde resido.
- Si lo hubiera solicitado le habrían cedido otro apartamento.
También hubiera podido trasladarse al Ritz. Este encierra más
comodidades que el «Curlew Hotel».
- Indudablemente - contestó Hércules Poirot- . El café aquí...
¡Mon Dieu!, ¡qué café!
- De acuerdo, entonces... Explíqueme pues: ¿por qué?
Hércules Poirot pareció enfadarse.
- Eh bien, se lo diré, ya que le cuesta tanto trabajo adivinarlo. Soy
un ser humano, ¿verdad? Puedo convertirme momentáneamente
en una máquina cuando es necesario; soy capaz de tenderme y
reflexionar; estoy en condiciones de solucionar problemas así...
Pero soy humano, ya lo he dicho. Y los problemas afectan a seres a
mí semejantes.
- ¿Así pues...?
- La explicación es tan simple como el crimen inicial de que nos
hemos ocupado. Vine aquí arrastrado por un ramalazo de humana
curiosidad - declaró Hércules Poirot, irguiendo dignamente la
cabeza.


CAPITULO XXIX
Narración de Colin Lamb
Una vez más me encontraba en Wilbraham Crescent, avanzando
hacia el oeste. Me detuve frente a la puerta de la casa número 19.
Nadie salió de la misma dando gritos en esta ocasión. Allí reinaba la


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