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Los relojes (Agatha Christie) - pág.253

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estudiadas circunstancias que condujeron al descubrimiento del
cadáver... Eso había que dejarlo a un lado, de momento. Eran
cosas, según se dice en su inmortal «Alicia», como «zapatos y
barcos, lacre, verduras y reyes». Punto vital: un hombre de cierta
edad y aspecto corriente ha desaparecido del mundo de los vivos
porque estorbaba a alguien. De conocer la identidad del hombre
asesinado hubiéramos señalado casi inmediatamente a su probable
verdugo. De haber sido un individuo conocido por su afición al
chantaje habríamos buscado al que podía ser su víctima; de haber
sido un detective hubiéramos procurado descubrir a alguien en
posesión de un secreto criminal; de haber sido un sujeto
acaudalado, habríamos investigado entre sus herederos... Ahora
bien, no sabiendo quién es el finado poco es lo que puede hacerse.
Entonces, entre el que tiene una razón para matar y nosotros se
levanta una valla casi insalvable.
- Dejando a un lado a la señorita Pebmarsh y a Sheila Webb, ¿qué
personas pueden no ser lo que aparentan? La respuesta a tal
pregunta es desconcertante. Si exceptuamos al señor Ramsay,
¿quién no es lo que aparenta ser? - Poirot me miró
inquisitivamente y yo asentí- . A primera vista no hay engaño en los
demás... Bland es un maestro de obras bien conocido en la
localidad. El señor McNaughton había estado desempeñando una
cátedra en Cambridge; la señora Hemming es viuda de un
subastador; los Waterhouse son gente respetable, que reside en
Wilbraham Crescent desde hace bastante tiempo. Volvemos, pues,
al señor Curry. ¿De dónde procede? ¿Quién le llevó a la casa
número 19? Y aquí surge una valiosísima observación o
comentario, formulado por una de las vecinas: la señora Hemming.
Al decírsele que el hombre asesinado no vivía en el número 19,
exclama: "¡Ah, ya comprendo! Le llevaron allí para matarle. ¡Qué
raro!" Esa mujer apunta directamente al corazón del problema. He
ahí una cosa que suele pasar con los seres que se hallan


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