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Los relojes (Agatha Christie) - pág.16

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qué hora llegó usted aquí?
- Tuvo que ser antes de las tres porque el reloj de cuclillo... -
Sheila se interrumpió de pronto- . ¡Qué raro! De veras que es
rarísimo - sus hermosos ojos se habían dilatado- . No llegué a
darme cuenta de ello en el momento preciso...
- ¿De qué no se dio usted cuenta, señorita Webb?
- Pues... de los relojes. Fíjese: el cuclillo dio las tres cuando debía
ser esta hora. En cambio los otros marchaban adelantados en más
de sesenta minutos. ¿No le parece extraño?
- Lo es - convino el inspector- . Dígame: ¿en qué momento
descubrió el cadáver?
- En el instante en que me disponía a pasar por detrás del sofá..
Sí... allí estaba... él... Fue terrible, terrible.
- La comprendo perfectamente. ¿Reconoció usted al hombre? ¿Le
había visto con anterioridad?
- ¡Oh, no!
- ¿Está segura de lo que dice? Tenga presente que su aspecto
podía diferir bastante del habitual en él. Piense, piense... ¿Está
segura de no haber visto antes a ese hombre?
- Completamente segura.
- Está bien. No hablemos más de eso. ¿Qué hizo usted luego?
- ¿Qué hice luego?
- Sí.
- Pues... nada, nada en absoluto. No hubiera podido...
- ¿No tocó el cadáver?
- Sí... sí... Para ver... sólo para ver... sí... Pero aquel cuerpo estaba
frío... y yo... me manché la mano de sangre. ¡Oh! Fue espantoso...
Tenia los dedos cubiertos de una sustancia espesa y pegajosa.
Sheila Webb comenzó a temblar.
- Vamos, vamos, cálmese - dijo Hardcastle, cortésmente- . Todo
pasó ya. Olvídese de esa sangre. Vayamos a lo siguiente. ¿Qué
sucedió después?
- No sé... ¡Ah, sí! Ella entró en la casa.
- ¿Se refiere a la señorita Pebmarsh?
- En efecto. Claro que yo no pensé entonces que pudiera tratarse
de la misma. Entró con su gran cesto en una mano.
La joven había aludido a aquél recalcando mucho las palabras,
como si fuese un elemento incongruente, fuera de lugar, en el


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