Las manzanas (Agatha Christie) - pág.146
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.. La verdad es que Elizabeth Whittaker no me agrada mucho. Es una mujer que resulta fastidiosa. La tengo por persona inteligente, sin embargo -Ariadne Oliver entornó los ojos antes de añadir-: Pertenece al grupo de seres humanos especial que estimo capaces de cometer un crimen.
-¿Cree usted que pudo estrangular a su compañera?
-Una tiene que agotar todas las posibilidades.
-Yo estoy dispuesto a dejarme guiar de sus intuiciones, madame, como muchas otras veces.
La señora Oliver se llevó a la boca otro dátil, siempre cavilosa.
CAPITULO XX
Tras abandonar la casa de la señora Butler, Poirot se alejó de ella por el camino que le enseñara Miranda. El claro en el seto había sido ampliado. Alguien, quizás alguna persona más voluminosa que Miranda, había utilizado el pasadizo. Subió por el sendero de la antigua cantera, observando una vez más la belleza de aquel escenario. «He aquí un hermoso jardín», se dijo Poirot. Pero sintió lo mismo que sintiera durante su primera visita. Aquel lugar le parecía hechizado. Dentro de su belleza había algo de dura expresión, como si estuviese animado por una savia violenta. Podía ser que mucho tiempo atrás, por aquellos serpeantes caminos, hubiesen corrido fantasmales personajes tras sus víctimas; más de una diosa, tal vez, decretaría por allí los sacrificios que tenían que serle ofrecidos.
Se hacía cargo perfectamente de por qué no se había convertido en centro de excursiones habitual aquel sitio. El escenario, de otro lado prodigioso, rechazaba los típicos huevos hervidos de los excursionistas, sus ensaladas, sus naranjas, las bromas más o menos finas que seguían a las meriendas. El paisaje había cambiado. Quizás hubiese resultado más humano y acogedor de no haberse dejado guiar tal fielmente la señora Llewellyn-Smythe de su fantasía. Le habría venido bien la supresión de su especial atmósfera. ¡Ah! Pero la señora Llewellyn-Smythe no se contentaba con cualquier cosa. Era una dama ambiciosa y, por añadidura, muy rica.
Poirot pensó por un momento en los testamentos... Pensó en los testamentos que solían hacer las mujeres acaudaladas; reparó en las numerosas mentiras que circulaban en torno a los documentos de tal carácter redactados por las mujeres ricas; enumeró los diversos sitios en que las mujeres de dinero escondían sus testamentos; se esforzó por imaginarse la manera de reflexionar de un falsificador: indudablemente, el testamento aquél había sido una pura falsedad. El señor Fullerton era un abogado precavido y competente.
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