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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.143

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La anciana firmó el documento y también estamparon sus firmas en el papel dos testigos, uno en presencia del otro. A ver... Acerqúese eso al bigote y husméelo... ¿Le sugiere algo?


CAPITULO XIX
-La señora... Leaman... -dijo Poirot, tomando nota del apellido.
-Eso es. Harriet Leaman. Y el otro testigo fue James Jenkins. El hombre se fue a vivir a Australia. Se supone con relación a la señorita Olga Sem-noff que regresó a Checoslovaquia u otro país europeo, aquel de donde procedía... Aquí todo el mundo parece haber decidido en su día esfumarse.
-¿Hasta qué punto cree usted que podemos confiar en la señora Leaman?
-Yo opino que la mujer no ha inventado nada, que se ha sincerado conmigo... ¿No es eso a lo que quiere usted referirse? La mujer tuvo que estampar su firma al pie de un papel e impulsada por la curiosidad aprovechó la primera ocasión que se le deparó para ver qué era concretamente lo que atestiguara.
-Es decir, que sabe leer y escribir perfectamente...
-Me imagino que sí. Ahora bien, hay que tener en cuenta que la mayor parte de la gente tropieza con dificultades a la hora de leer los escritos de las señoras ya ancianas, cuya letra suele ser temblorosa. Si circularon rumores más tarde acerca del testamento o el codicilo, la mujer pudo deducir que lo que había tenido delante, redactado con letra más bien indescifrable, fue uno de esos papeles...
-Un documento auténtico -comentó Poirot-. Pero hubo también un codicilo falsificado.
-¿Quién ha dicho eso?
-Los abogados.
-Quizá no fuese tan falso...
-Los abogados se han conducido de una manera muy especial al enfocar este asunto. Es lo normal, tratándose de lo que se trata. Se hallaban dispuestos a llevar el caso a los tribunales presentando las pruebas de los expertos.
-¡Ah! -exclamó la señora Oliver-. Entonces resulta fácil ver que es lo que ocurrió.
-¿Qué es lo que resulta fácil ver? ¿Qué es lo que ocurrió?
-Verá usted... Al día siguiente, o unos cuantos días más tarde, una semana después, por ejemplo, la señora Llewellyn-Smythe tuvo un disgusto con su solícita servidora o se reconcilió sin reservas con su sobrino Hugo, o su sobrina Rowena. Entonces hizo pedazos el testamento o rompió el codicilo o pegó fuego a esos documentos...
-Y luego..., ¿qué?
-Luego, la señora Llewellyn-Smythe muere. Viene la joven extranjera y escribe un nuevo codicilo imitando la letra de la fallecida, redactándolo en idénticos términos lo mejor que puede.


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