Las manzanas (Agatha Christie) - pág.142
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Me parece que conozco ya su nombre completo. Veamos... Constance. Constance Carnaby. Solamente una cosa podría echarlo todo a perder.
-¿Qué cosa?
-Todo se iría a pasear, Poirot, si yo volviese a ver a la mujer en otro autobús, si le hablara, si me hablara ella, si yo empezara a tener noticias directas de su persona.
-Ya, ya. El argumento ha de ser suyo, ¿no? Exactamente igual que el personaje. La criatura literaria ha de nacer de usted. Usted ha de forjarla, comprenderla, saber cómo siente, animarla... El estímulo partió de un ser humano vivo, auténtico, real. Pero si usted llega a hacer averiguaciones sobre él... Bien. Entonces ya no habrá historia, ¿eh?
-Exactamente -corroboró la señora Oliver-. Con respecto a lo que estaba usted diciendo sobre Judith, he de decirle que nosotras pasamos juntas muchas horas durante el crucero, visitando lugares curiosos. Sin embargo, no llegué a conocerla muy bien, no ahondé mucho en su carácter. Es viuda. Al morir su esposo se quedó sola con su hija, Miranda, a quien usted ya conoce.
-Debo confesarle que madre e hija me han hecho sentir impresiones muy extrañas. Instintivamente, veo en ellas a dos personajes importantes, como si hubiesen estado mezclados en algún drama apasionante. No quiero conocer los detalles del drama en cuestión. Nada quiero que me digan acerca de él. Deseo pensar únicamente en el tipo de conflicto en que a mí me gustaría ver a esas personas.
-Ya. Veo a dos candidatas al ingreso en las páginas del próximo «best seller» de Ariadne Oliver.
-Es usted muy rudo en ocasiones -manifestó la señora Oliver-. Le da usted a todo eso un tono vulgar -la señora Oliver se quedó pensativa-. Quizá lo sea.
-No, no. Nada vulgar. Es humano exclusivamente.
-¿Y usted quiere que yo invite a Judith y a Miranda a trasladarse a mi piso de Londres?
-Todavía no -replicó Poirot-. Primero he de asegurarme de que ando en lo cierto con una de mis pequeñas ideas.
-¡Vaya con sus pequeñas ideas! Bien. Tengo noticias que darle.
-Maaame: me encantaría saber de qué se trata.
-No sé si le encantarán, verdaderamente. Probablemente, alterarán su composición de lugar. Supongamos que le digo que la falsificación de que tanto le han hablado no era tal falsificación...
-¿Qué está usted diciéndome?
--La señora Smyhte, o como se llamara, redactó un codicilo, un apéndice de su testamento, dejando toda su fortuna a la joven extranjera que la servía.
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