Las manzanas (Agatha Christie) - pág.136
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¡Menuda historia! Si la señorita Olga asesinó a la señora Llewellyn-Smythe, la criatura, llegó a verla... La joven extranjera no se amilanó de buenas a primeras. Se puso a la altura de las circunstancias al enterarse de que podía entrar en posesión de una gran fortuna. Pero todo cambió cuando hizo acto de aparición la policía, formulando preguntas a diestro y siniestro. Entonces, al poco, se esfumó de repente. A mí no me preguntó nadie nada. Ahora, sin embargo, no ceso de preguntarme si debiera haber referido algo espontáneamente, en su día.
A este discurso, la señora Oliver respondió con las siguientes palabras:
-Estimo que lo más lógico es que cuente usted su historia a quienquiera que representase a la señora Llewellyn-Smythe como abogado. Estoy convencida de que un buen abogado comprenderá a la perfección sus sentimientos y los móviles determinantes de su conducta.
-Bueno, yo creo que si usted les dice algo... Además de ser una mujer, usted entiende de estas cosas legales, por lo que puede acercarse a esa gente, explicarle nuestra entrevista y decirle que nunca me propuse... decirle que no quise incurrir en nada deshonesto, en forma alguna. Todo lo que yo...
-Todo lo que usted hizo fue callar -manifestó la señora Oliver-. Ésta parece ser una explicación sumamente razonable.
-Yo le quedaría muy agradecida si al tocar el tema con sus amigos accediese a presentarme convenientemente.
-Haré lo que esté en mi mano por usted -repuso con una sonrisa Ariadne Oliver.
Su mirada se orientó hacia el sendero del jardín, por el que avanzaba una figura conocida.
-Bueno. Muchas gracias por todo. Ya me habían dicho que era usted una señora muy amable. Veo que no me han engañado y le quedo muy reconocida de antemano.
La mujer se puso en pie, calzándose los guantes blancos de algodón, que no había cesado de retorcer angustiada cuando pasara tantos apuros para explicarse. La señora Leaman hizo un gesto de asentimiento a medias o pequeña reverencia y se alejó de la casa a buen paso.
Ariadne Oliver aguardó a que Poirot se le acercara.
-Venga para acá -Te dijo-. Siéntese. ¿Qué le ocurre? Parece hallarse usted cansado.
-Los pies me duelen horriblemente -manifestó Hércules Poirot.
-La culpa es de esos terribles zapatos de charol que calza -aseguró la señora Oliver-. Tome asiento y descanse. Dígame todo lo que ha venido aquí a comunicarme que yo le contaré a continuación algo que es bastante probable que le deje sorprendido.
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