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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.134

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Página 134 de 184


Su esposo había sido un famoso armador, dejándole a su muerte su gran fortuna. "Hay gente con suerte", me dije.
«Debo confesar que a mí no me inspiraba grandes simpatías la señorita Olga. Solía ser brusca en sus maneras; era una persona de mucho genio. Pero con la anciana se mostró en todo momento atenta y cortés. Vivía pendiente de sus menores necesidades... Reflexionando más tarde, me dije que no debía dar a la decisión de la señora Llewellyn-Smythe la importancia que le diera al principio. Podía ser que hubiese sido dictada por cierto enojo temporal con sus parientes. ¿Quién aseguraba que pasado algún tiempo aquella dama no podía cambiar de opinión? Y entonces, con redactar otro testamento o codicilo, listos... Más adelante, llegué a olvidar el episodio en cuestión.
-¿Y luego?
-Luego vinieron todos esos enredos sobre el testamento, del cual se dijo que había sido falsificado, negándose que la señora Llewellyn-Smythe hubiese redactado el codicilo... Se aseguraba que eso era obra de otra persona...
-Ya. ¿Y entonces qué hizo usted?
-No hice nada. Y es lo que realmente me preocupa... No me di cuenta de cómo había quedado planteada la situación inmediatamente. Y cuando pensé en ésta un poco, no supe realmente qué era lo que yo debía hacer. Los abogados se habían declarado en contra de la muchacha extranjera. Siempre pasa lo mismo... Admito que yo tampoco simpatizo mucho con los de fuera. De todos modos, la joven se mostraba jactanciosa, desafiante, dando la impresión de que se hallaba muy complacida con la decisión de la señora. Sus adversarios declaraban que ella no tenía ningún derecho al dinero por no estar emparentada con la anciana. Todo acabaría saliendo bien para éstos, que renunciaron luego a que se viese el caso ante los tribunales de justicia. Con harta justificación. Porque la señorita Olga huyó. Se trasladó a no se sabe qué punto del continente europeo de donde procedía. Se esfumó misteriosamente, como obediente al mando de un gran prestidigitador. Quizá se hubiese atrevido a amenazar a su señora y ésta prefirió atender sus indicaciones... ¡Quién sabe! Uno de mis sobrinos, que estudia medicina, alega que se pueden lograr cosas maravillosas valiéndose del hipnotismo. ¿Podría ser que Olga hipnotizara a la señora Llewellyn-Smythe?
-¿Cuánto tiempo hace de todo esto?
-La señora Llewellyn-Smythe murió hace... veamos... hace casi dos años.
-¿Y no se sintió preocupada ante toda aquella historia?
-Pues no.


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