Las manzanas (Agatha Christie) - pág.133
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Ariadne Oliver tuvo una de sus útiles intuiciones.
-Pero, seguramente -aventuró-, usted no esperaría mucho tiempo...
-Seré sincera: sí que esperé. He de admitir que mi curiosidad era grande. Hasta cierto punto, estaba justificada, ¿no? Siempre que se firma algo, la persona interesada quiere saber qué es lo que ha atestiguado. Es la naturaleza humana...
-En efecto, en efecto -declaró la señora Oliver, pensando que la curiosidad era uno de los elementos más importantes componentes de la humana naturaleza de la señora Leaman.
-Al día siguiente, la señora Llewellyn-Smythe se trasladó a Medchester... Me dediqué a arreglar su dormitorio, cómo siempre. Luego pensé: «Bien. Es necesario que estés al tanto de lo que has firmado.» Esto era como leer la letra menuda en ciertos documentos.
Me dije también que no causaba daño alguno a nadie con mi decisión. No era lo mismo que apoderarse de una cosa ajena. Convencida de que obraba normalmente, empecé a repasar los estantes en que se alineaban los libros. Andaban necesitados de un poco de plumero, de todas maneras. Localicé el que buscaba. Era un viejo libro, de gran tamaño, de la época victoriana. Encontré, asimismo, el sobre que contenía el papel plegado...
-Lo sacó usted y lo leyó, ¿no?
-Cierto, señora. No sé si procedí bien o mal... Bueno, ya estaba hecho. Era un documento legal. En la última página del volumen se encontraba el escrito que ella redactara la mañana anterior. El texto era perfectamente legible, pese a que la señora tenía una letra muy picuda...
-¿Y qué se especificaba allí? -inquirió la señora Oliver, cuya curiosidad ahora corría pareja con la que en su día sintiera la señora Leaman.
-No puedo recordar las palabras exactas, claro... Se hablaba allí de un codicilo y de que deducidos los legados mencionados en el testamento, la fortuna entera de la anciana pasaba a Olga... No recuerdo su apellido... Creo que comenzaba por una S... ¡Ah! Era Seminoff. La señora Llewellyn-Smythe aludió a las extraordinarias atenciones que había tenido con ella la joven extranjera durante su enfermedad. Al pie del documento figuraba su firma. Y luego venía la de Jim y la mía... Volví a dejar las cosas como estaban. No quería que la anciana supiera que había estado escudriñando entre sus efectos personales.
Me dije que aquello tenía que constituir una sorpresa para todo el mundo, lo que había sido para mí. Una muchacha extranjera, una sencilla servidora de la casa, iba a heredar todo el dinero de la señora Llewellyn-Smythe, que era muy rica.
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