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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.132

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-Bien -dijo aquélla-. Me estaba usted hablando del codicilo...
-Cierto día, la señora Llewellyn-Smythe no se encontraba muy tranquila... Nos pidió que entráramos en la habitación en que se encontraba, estoy hablando de mí y del joven Jim, que cuidaba del jardín, que partía la leña y hacía otros menesteres parecidos.
-Entramos, pues, en la estancia, y ella no tardó en ponerse delante de unos papeles, sobre una mesa. Volvióse hacia la muchacha extranjera (a la señorita Olga, como todos la llamábamos), diciéndole: "Tú debes salir de la habitación ahora, querida, ya que no es conveniente que te mezcles con lo que voy a hacer a continuación." Bueno, si sus palabras no fueron éstas, diría algo parecido.
«Habiendo salido de la estancia la señorita Olga, la señora Llewellyn-Smythe, nos ordenó que nos acercáramos a ella, al tiempo que decía: "Este es mi testamento." Luego añadió: "Voy a escribir algo en esta hoja de papel y deseo que vosotros seáis testigos de lo que anoto con mi firma al pie." Empezó, pues, a escribir... Fueron dos o tres líneas. Firmó. Seguidamente, se dirigió a mí en estos términos: "Ahora, señora Leaman, va usted a estampar su nombre aquí. Su nombre y sus señas." A Jim le hizo idénticas indicaciones. Al final insistió en resaltar lo que habíamos hecho, dándonos las gracias por haberla atendido. Jim y yo nos fuimos. No pensé más en aquello. Me causó extrañeza, eso fue todo. Todo sucedió al volver yo la cabeza, en el instante de abandonar aquella habitación. La puerta no cerraba muy bien... Había que dar un pequeño tirón. Era lo que estaba haciendo cuando... Yo no estaba realmente mirando... ¿Me entiende?
-Me parece que lo entiendo perfectamente -respondió la señora Oliver, en un tono de voz que no la comprometía mucho.
-Entonces vi a la señora Llewellyn-Smythe abandonar su asiento... Padecía de artritis y experimentaba unos dolores muy fuertes cuando hacía algunos movimientos. La anciana se aproximó a una estantería, de la que sacó un libro, colocando el papel que firmara, convenientemente alojado en un sobre dentro del volumen. Tratábase de un libro grande, que se hallaba en uno de los estantes inferiores. Aquél volvió a ocupar el mismo sitio... Bueno, pues no volví a pensar en aquello. Es verdad. Pero cuando sucedió todo ese embrollo... Bien. Me sentí, desde luego... Al menos yo creí...
La señora Leaman se quedó callada de pronto.


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