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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.129

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.. Por si le interesa conocer mi opinión he de comunicarle que cuando ese chiquillo sea un hombre de ciencia lo más seguro es que haga y piense cosas desagradables ¡bombas atómicas, por ejemplo!
-Gracias a sus estudios y a su cabeza logrará dar, en unión de los individuos como él, con algo que sirva para destruir nuestro globo y con éste a los pobres humanos que lo habitamos. Guárdese de Leopold... Hace a la gente víctima de sus tretas y procura enterarse de lo que no le importa. Se entera de las cosas más reservadas de sus vecinos. Me gustaría saber de dónde saca el dinero que normalmente gasta. Seguro que no procede de la cartera del padre, ni del bolsillo de la madre. Ellos no pueden darle mucho y el chico disfruta de él con relativa abundancia. Lo guarda en un cajón, bajo sus calcetines. Suele adquirir los objetos más variados. Tiene preferencias por los chismes mecánicos caros. ¿De dónde sale ese dinero? Me gustaría saberlo...
-Creo que ha llegado a descubrir secretos importantes de alguna gente, haciéndose pagar por los interesados a cambio de mantener cerrado el pico.
La mujer hizo una profunda inspiración.
-Bueno... Siento no poderle ayudar a usted. En nada, me parece.
-Ya me ha ayudado usted bastante -declaró Poirot-. ¿Qué le sucedió a la chica extranjera, aquella de la cual se dijo que había huido?
-He de indicarle, monsieur Poirot, que, en mi opinión, no fue muy lejos. Ding dong dell, pussy´s in the well3. Eso es lo que siempre he pensado, de todos modos.


CAPITULO XVII
-Perdón, señora... ¿Podría hablar con usted unos momentos?
La señora Oliver habíase instalado en la terraza de la casa de su amiga, con objeto de comprobar si Hércules Poirot regresaba ya. Él había llamado por teléfono, para comunicarle la hora aproximada en que volvería.
La señora Oliver volvió la cabeza.
Junto a ella descubrió a una mujer de mediana edad, limpiamente vestida, que se retorcía nerviosamente las manos, enfundadas en unos guantes blancos inmaculados.
-Usted dirá -contestó la señora Oliver.
-Lamento mucho molestarla, señora, pero... Bueno, pensé que...
Ariadne Oliver no hizo lo más mínimo para animarla, esperando calmosamente a que se decidiera a explicarse con más claridad. ¿Por qué se mostraba aquella mujer tan desasosegada?
-Creo que no me he equivocado... Usted es la señora que se dedica a escribir, ¿verdad? Usted escribe relatos de crímenes y cosas semejantes.


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