Las manzanas (Agatha Christie) - pág.126
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Los sombreros de las brujas se gastan, como todas las cosas de este mundo. Pues sí, yo estuve allí, como acabo de decirle... En esos casos recito siempre determinadas canciones tradicionales basadas en los nombres de pila de las chicas. Una para Beatrice, otra para Ann, etcétera. Yo soy la voz fantasmal, en tanto que los muchachos, Nicholas y Desmond, facilitan las imágenes falsas de los espejos. Todas muy puestas al día, eso sí, ya que se trata de un par de jóvenes que van muy con su época. Yo me he reído lo mío, no crea. El otro día vi a Desmond. No sé si me creerá si le explico su indumentaria de aquella jornada. Vestía una chaqueta color de rosa y unos pantalones ajustadísimos. ¿A dónde vamos a llegar? Fíjese en las chicas... No hacen más que subirse las faldas. ¿Y qué logran con ello? A medida que suprimen tela por arriba han de pensar en cubrir por abajo. Ya llevan medias que les llegan a la cintura, y pantalones estrechísimos... Se gastan en estos extravagantes caprichos hasta sus últimos peniques.
Los chicos quedan peor que las muchachas en este terreno de la extravagancia. A mí me dan la impresión algunos de encontrarme ante un martín pescador, ante un pavo real o un ave del paraíso. Y eso que a mí siempre me ha gustado el color, por lo cual me agradan muchísimo los trajes de época, que puedo admirar a mi antojo en las películas históricas. Ya sabe a lo que me refiero: encajes, rizos, pelucas, sombreros de copa y todo lo demás. Entiendo que esas cosas ya pasadas realzaban la belleza de las chicas, entonces se podían poner todo lo que se les antojaba ya que todo les estaba bien. Tendían a recargar y no a suprimir como ahora. Mi abuela me hablaba con frecuencia de las batas que había llevado, ella como sus amigas, hasta los tobillos... Las jóvenes de entonces eran más recatadas y los hombres se sentían tan atraídos por ellas como ahora. O más, mejor dicho... Es natural que el misterio, ¿eh...?
Presté a la señora Drake mi bola de bruja para que la usara en su reunión. La compré en un saldo, no sé dónde. Ahí la puede ver usted ahora, colgando junto a la chimenea. Me agrada su tono azul marino, muy brillante.
-¿Dice usted la buenaventura?
-No debo hacerlo, ¿verdad? -inquirió la mujer, riendo-.
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