Las manzanas (Agatha Christie) - pág.125
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Poco, muy poco de lo que sucede en el marco del colegio que regenta se le escapa.
-Habría hablado...
-Quizá piensa que debe serle leal sirviéndole de escudo si se tercia.
-¡Oh! No creo que esa mujer haga tal cosa. Si Elizabeth Whittaker hubiese perdido la cabeza en los últimos tiempos, lo más probable es que lo hubiesen notado las alumnas del colegio.
-¿Y qué me dice usted del nuevo sacerdote? -inquirió Desmond, esperanzado-. Pudiera estar un tanto obcecado con el tema del pecado original, el asunto de las manzanas y el agua, las otras diversiones, fruto de supersticiones aunque inocentes... Un momento, un momento. Pudiera tratarse de un chiflado. ¿No le parece una excelente idea? Supongamos que le impresionó especialmente el juego del «Snapdragon»... ¡El fuego del Infierno! ¡Unas llamas que lo devoran todo! Seguidamente, cogió de la mano a Joyce, diciéndole: «Ven conmigo, muchacha, que vas a presenciar algo interesante». Y en la habitación, le ordenó que se arrodillase delante del cubo lleno de agua, en la que flotaban las manzanas. Añadiría: «Este va a ser tu bautismo». A continuación, apoyó una mano en la nuca de la chica, obligándola a que acercara la cabeza al agua. De ahí a lo otro va no había más que un paso... ¿Se da cuenta? Todo encaja a las mil maravillas. Allí se podía hablar de Adán y Eva, de la manzana del fuego del Infierno, del «Snapdragon», del último bautismo con la pretensión de liberar a la muchacha del pecado...
-Quizás habló de sí mismo primero con la chica -apuntó Nicholas, muy serio-. En todos estos acontecimientos cabe siempre la posibilidad de hallar una explicación de tipo amoroso, justificante de determinadas reacciones, por extravagentes que puedan parecer a primera vista.
Los dos jóvenes miraron a Poirot. Sus rostros denotaban un evidente contento.
-Perfectamente -replicó Poirot-. Vosotros, desde luego, me habéis facilitado ya algo en qué pensar.
CAPITULO XVI
Hércules Poirot escrutó con interés la cara de la señora Goodbody. En realidad, como modelo para el rostro de una bruja resultaba perfecta. El hecho de que su dueña poseyera un carácter afable no atenuaba lo más mínimo aquella ilusión. La mujer se expresaba con toda naturalidad, pareciendo hallar un motivo de complacencia en sus propias manifestaciones.
-Pues sí, yo estuve allí... Los papeles de bruja corren siempre a mi cargo. El año pasado, el vicario me felicitó, diciéndome que había actuado tan bien que podía contar para mi siguiente representación con un sombrero de estreno.
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