Las manzanas (Agatha Christie) - pág.122
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El otro muchacho añadió:
-A la señora Drake le gustaron mucho nuestras fotografías. Se apresuró a felicitarnos. La hicieron reír a placer. En la casa nos ocupamos principalmente de la cuestión eléctrica. Preparamos las luces de suerte que los espejos de las chicas reflejaran un rostro u otro en determinado momento, al tomar ciertas posiciones. La imágenes eran alternadas: unas veces se veía en los espejos un melenudo, otra captaban la cabeza de un individuo con grandes patillas, etc.
-¿Sabían las chicas que andabais por en medio?
-En algunos momentos, creo que no. En el transcurso de la reunión, por supuesto que no. Todas sabían que habíamos estado ayudando en la iluminación de la vivienda, pero estimo que no llegaron a reconocernos en los espejos. Eran algo tontas esas muchachas. Nicholas y yo nos alternábamos atinadamente, por añadidura. Las muchachas se rieron lo suyo. No cesaban de chillar... La sesión fue de lo más divertido...
-¿Y qué me decís de las otras personas que se encontraban en la casa? Bueno, no voy a pretender que os acordéis de todas las presentes.
-A mí me parece que en la casa de la señora Drake no habría menos de treinta invitados. Por la tarde se encontraban allí la señora Drake, por supuesto, y la señora Butler. Recuerdo a una de las profesoras: la señorita Whittaker... ¿Se apellida así, realmente? Estaba la señora Flatterbut... No sé si me equivoco... Es la hermana del organista... O la esposa. Vi también a la señorita Lee, quien trabaja con el doctor Ferguson. Era su tarde libre de la semana y fue allí para ayudar, como las demás, como algunas amigas nuestras. No podría asegurar que la aportación de éstas fue especialmente interesante. Las chicas no hacían, en general, más que zascandilear de un lado para otro, riéndose constantemente por los motivos más nimios.
-¡Oh, claro! ¿Te acuerdas de las muchachas que visteis por allí?
-Bien... Estaban los Reynolds. La pobre Joyce desde luego. Y su hermana Ann, mayor que ella. A Ann hay que tenerle miedo . No hay quien pueda con ella. Se cree terriblemente inteligente. Con toda seguridad que aprobará los exámenes que se le avecinan... En cuanto a Leopold... Es un buen «elemento» -manifestó Desmond-. Se cuela en todas partes. Espía, escucha conversaciones que no debiera escuchar. Cuenta toda clase de cuentos a cada paso... Resulta sumamente desagradable. ¡ Ah! Me acuerdo de Beatrice Ardley y de Cathie Grant, siempre muy silenciosas y enigmáticas.
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