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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.120

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Tengo en cuenta que sois chicos de visión aguda, de oído muy fino, que poseéis conocimientos científicos rigurosamente puestos al día, junto con una gran filosofía... Siento un gran interés por conocer vuestras opiniones acerca de esta materia.
«Dieciocho y dieciséis años...», pensó Poirot, estudiando las caras de los dos chicos. Dos «jóvenes», simplemente, para la policía; unos chicos para él; un par de adolescentes para los reporteros. Daba igual que fuesen llamados de un modo o de otro. Eran productos de la época. Ninguno de los dos podía ser considerado un muchacho estúpido, si bien tampoco se hallaban en posesión de la elevada mentalidad que él había sugerido al principio, halagadoramente, para animar la conversación. Los dos habían estado en la reunión. Los dos se habían encontrado en las primeras horas del día en la casa de la señora Drake, para ayudarla en lo que ésta consideraba necesario.
Habían trepado por las escaleras de mano, colaborando en la colocación de calabazas en los puntos más estratégicos. Habían tendido una nueva línea eléctrica a base de minúsculas luces; uno u otro, o la pareja a un tiempo, habíanselas arreglado para componer una colección de falsas fotografías, a tono con los rostros imaginados por las chicas de once años en adelante. Estaban en la edad más indicada para figurar en los primeros lugares de la lista de sospechosos que el inspector Raglán llevaba en uno de sus bolsillos, y en la mente de un jardinero ya entrado en años. A lo largo de los últimos años, el porcentaje de crímenes cometidos por individuos de su edad había ido subiendo incesantemente. No era que Poirot estimase este detalle definitivo. Ahora bien, todo era posible... Cabía incluso la posibilidad de que el acto delictivo de dos o tres años atrás hubiese sido obra de un chico de catorce o doce años de edad. Tales casos se habían dado. No había más que leer los reportajes publicados últimamente en algunos diarios.
Poirot tenía en cuenta todas estas posibilidades, pero las relegaba a un segundo plano. Teníalas en reserva, por así decirlo. Decidió de momento concentrarse en el estudio del carácter de sus dos interlocutores; fijóse en sus miradas, en sus ropas, en sus modales, en sus voces y así sucesivamente... Actuó a su manera, a la clásica de Hércules Poirot, valiéndose de conceptos halagadores, disponiendo las cosas con determinado aire para ayudarles a sentirse hasta desdeñosos con respecto a su persona, sin merma de la cortesía y de la buena crianza obligadas.


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