Las manzanas (Agatha Christie) - pág.116
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Veíanse urnas, macetones y pequeños setos de verde vegetación y flores. No había inscripciones ni epitafios que llamaran la atención. Nada se encontraba allí que pudiese atraer el interés de un aficionado a las cosas antiguas. Tratábase de un sitio limpio, tranquilo, aseado. Los sentimientos de los familiares de las personas que allí descansaban habían quedado sobriamente expresados.
Poirot se detuvo para leer el texto labrado en una tablilla plantada en la cabecera de una sepultura. Había otras por las inmediaciones, todas las cuales databan de dos o tres años atrás. La inscripción era sencilla:
«A la memoria de Hugo Edmund Drake, amado esposo de Rowena Arabella Drake, fallecido el 20 de marzo de 19... Dios le dio el merecido descanso»
Se le ocurrió pensar a Poirot, recientemente alcanzado por los disparos de la dinámica Rowena Drake, que el descanso le había llegado a su esposo por la ruta más inesperada.
Descubrió una urna de alabastro que contenía restos de un ramos de flores. Un jardinero ya viejo, evidentemente dedicado en el recinto a cuidar de las tumbas de los buenos ciudadanos de Woodleigh Common que habían abandonado definitivamente el sector residencial, se aproximó a Poirot con la esperanza de charlar unos minutos con él. Dejó su azada y la escoba de que era portador a un lado...
-Usted no es de aquí, ¿verdad, señor? -inquirió el anciano. Poirot asintió, acogiéndolo con una afable sonrisa.
-El señor Drake... -murmuró el jardinero, pensativo, habiendo fijado la mirada en la tumba que tenían delante-. Un auténtico caballero. Era un lisiado, el pobre. Padecía de parálisis infantil. Y digo yo: ¿por qué infantil? Esta enfermedad ataca también a las personas mayores. Tanto hombres como mujeres. Mi esposa tenía una tía que la contrajo en España. Hizo un «tour» por el país, bañándose en no sé qué río. Los médicos no saben a qué atenerse muchas veces. Hoy las cosas han cambiado mucho. Usted habrá visto que todos los pequeños son inyectados con la vacuna contra la enfermedad. No hay tantos casos... Pues sí... El señor Drake era todo un caballero. No se quejaba, pese a que su padecimiento era el peor de los castigos que una persona puede soportar. No en balde había sido un deportista excelente. Formó parte del equipo de béisbol... Desde luego, era una gran persona el señor Drake.
-Falleció a consecuencia de un accidente, ¿no?
-Cierto. Fue en el momento de cruzar la carretera, a la hora del crepúsculo.
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