Las manzanas (Agatha Christie) - pág.113
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-Y que no da con las soluciones urgentes que se requieren.
-Es posible que usted sea partidaria de otra acción, aparte de la recomendada de privación de libertad...
-A nuestra juventud hay que imponerle un tratamiento adecuado de aplicación inmediata -manifestó Rowena Drake con firmeza.
-¿Y usted cree que tal proceder nos permitirá siempre dar con escondidos tesoros? ¿No piensa, como muchos, que cada ser humano tiene su destino trazado?
La señora Drake adoptó una expresión dubitativa. Daba la impresión ahora de sentirse a disgusto frente a Poirot.
-Me he referido al fatalismo árabe -aclaró Poirot. La señora Drake miró fríamente a su interlocutor.
-Espero -manifestó- que no lleguemos a organizar nuestras vidas a base de extraer nuestros ideales del Oriente.
-Uno tiene que aceptar los hechos tal como son -contestó Poirot-. Uno de estos hechos es el expresado por los modernos biólogos. Estoy refiriéndome a los biólogos occidentales -se apresuró a agregar-. Al parecer, se ha sugerido que la raíz de nuestra personalidad arranca de la genética propia. Es decir, que un criminal de veinte años era ya un asesino en potencia cuando contaba dos o tres... En otro sentido, lo mismo puede afirmarse de un genio de las matemáticas o de la música...
-No estamos hablando de criminales -alegó la señora Drake-. Mi esposo murió a consecuencia de un accidente. Fue un accidente causado por una persona descuidada, mal ajustada emocionalmente. Fuese un muchacho o un joven el conductor del vehículo, cabe siempre la esperanza de que se llegue a asimilar la creencia de que constituye un deber considerar al prójimo. Hay que orientar a los adolescentes, hacerles ver que una negligencia puede ser criminal, aunque no exista una intención de tipo censurable.
-¿Usted está convencida entonces de que en el accidente de que fue víctima su esposo no hubo una intención criminal?
-Lo dudo, al menos -la señora Drake dio muestras de hallarse ligeramente sorprendida-. Yo no creo que la policía llegara a considerar en serio tal posibilidad. Yo no, desde luego. Fue un accidente, como tantos otros que ocurren todos los días. Fue un trágico accidente que alteró varias vidas, entre las cuales figuraba en primer lugar la mía.
-Usted ha dicho que no estábamos nablando de criminales -dijo Poirot-. Pero en el caso de Joyce es distinto... Aquí no hubo ningún accidente. Fueron unas manos ignoradas las que, con plena deliberación por parte de su dueño o dueña, mantuvieron la cabeza de la niña sumergida en el agua del cubo.
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