Las manzanas (Agatha Christie) - pág.110
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Cabía pensar en alguien que no hubiese dejado todavía muy atrás la niñez, en alguien que ella no juzgara consciente del todo de la significación del terrible suceso...
Poirot juzgaba a Rowena Drake una persona áspera, pero íntegra. La comparaba mentalmente con otras mujeres de su corte, mujeres que eran a menudo magistrados o que regentaban concejos o fundaciones benéficas, «que se interesaban en lo que se ha dado en llamar «buenas obras». Tales mujeres solían sacar el máximo provecho de las circunstancias, hallándose dispuestas, cosa bastante extraña, a formular excusas para justificar especialmente a los jóvenes delincuentes. Un chico adolescente, una muchacha retrasada mental. Alguien, quizá, que ya había estado, de acuerdo con la frase conocida, «bajo tutela».
Si a ese tipo de personas pertenecía aquella que viera asomar por la puerta de la biblioteca, cabía pensar en que, inmediatamente, había entrado en juego el instinto protector de Rowena Drake. En los tiempos que corrían no constituía una novedad, por desgracia, que los niños cometieran crímenes. Había habido en esos casos chicos de siete, de nueve años... Muy a menudo, resultaba tremendamente difícil dilucidar el camino a seguir con aquellos criminales naturales, al parecer, con los que desfilaban ante los tribunales que se ocupaban de la delincuencia juvenil. Había que especificar pretextos para defenderlos. Era preciso hablar de hogares deshechos, de padres negligentes, nada adecuados a su temperamento. Pero la gente que hablaba con más vehemencia de ellos, que argüía todas las excusas utilizables en mayor o menor grado, era gente del tipo de Rowena Drake, una mujer intransigente y severa..., salvo en esos casos.
Poirot no estaba conforme con aquel modo de proceder. Él era un hombre que pensaba ante todo en la justicia. Recelaba a la hora de enjuiciar los efectos beneficiosos de la tolerancia excesiva. Recordaba que, lo mismo en Bélgica que en aquel país, la misericordia exagerada se había traducido en nuevos crímenes, de los que resultaron víctimas inocentes que no tenían por qué haberlo sido si a todo se hubiese antepuesto la justicia, dejando la piedad como término secundario.
-Ya, ya -murmuró Poirot.
-¿Y no ha pensado usted en la posibilidad de que la señora Whittaker hubiese visto entrar a alguien en la biblioteca? -sugirió la señora Drake. Poirot se mostró interesado por aquella idea.
-¡Ah! ¿Usted cree que puede haber ocurrido semejante cosa?
-Se me antoja, simplemente, una posibilidad. Ella pudo haber visto entrar en la biblioteca a alguien, digamos que unos cinco minutos antes.
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