Las manzanas (Agatha Christie) - pág.104
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La contestación no había dejado lugar a dudas. Habiendo sido solicitada la opinión de otros por separado, todo se mantuvo igual. La letra del codicilo no era la de la señora Llewellyn-Smythe. El señor Fullerton pensó que si Olga hubiese sido menos codiciosa, no obstante, si se hubiese limitado a conseguir -«En virtud del gran cariño y atención con que me ha tratado, por la solicitud con que atendió todos mis deseos, dejo a...»- una buena suma de dinero como donativo, los parientes de la difunta podían haber considerado aquélla excesiva, quizá, pero habrían optado por aceptarla, sin más rodeos, ni complicaciones desagradables. Ahora bien, aquello de suprimir a los parientes radicalmente... Después de todo, el sobrino había sido siempre el heredero principal en los últimos cuatro testamentos que la anciana dictara en los veinte años transcurridos. Una extraña, en fin de cuentas, Olga Seminoff, se convertía por efecto de aquel papel en la dueña de todos los bienes de su señora. No. Nadie podía pensar que ésta hubiese sido la última voluntad de la fallecida, Louise Llewellyn-Smythe.
Hablóse inmediatamente de supuestas coacciones. Desde luego, había sido evidente la ambición de la joven. Cabía la posibilidad de que la señora Llewellyn-Smythe hubiese anunciado a su servidora que pensaba dejarle algún dinero para recompensarla por su afecto, por sus amabilidades, por su devoción. No en balde había hecho todo lo que le pidiera. Incluso ciertas cosas que no le convenían... Esto sería, tal vez, como una revelación para Olga. La chica pensó entonces que podía tenerlo todo, que todo podía ir a parar a sus manos: dinero, la casa, las ropas, las joyas. Todo. Era una mujer muy codiciosa. Luego, había pasado lo que tenía que pasar, ineludiblemente.
Y el señor Fullerton, en contra de su voluntad, contra sus instintivos deseos de justicia y muchas más cosas, sintióse compadecido. Aquella muchacha le inspiraba una gran piedad. Había empezado a sufrir de niña, había conocido los rigores del estado policíaco, perdiendo a sus padres, y luego a un hermano y una hermana. Nada más echar a andar por el mundo supo lo que eran las injusticias y el temor. Todo esto había marcado su existencia, favoreciendo la aparición de una desmesurada codicia.
-Todo el mundo va contra mi -dijo Olga-. Todo el mundo, sí. Todos ustedes me atacan. No son justos conmigo, por el hecho de ser una extranjera, por el hecho de no ser de este país, porque no sé en realidad qué debo decir ni qué hacer.
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