Las manzanas (Agatha Christie) - pág.103
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» La señora llegó a aconsejarme que practicara; haciéndome fijar en su modo de trazar la a, la be, y la s... «Esta treta dará resultado, querida Olga -me dijo mi señora-, siempre que tu imitación sea buena y puedas firmar incluso con mi nombre. Pero tampoco quiero que la gente me suponga incapaz de escribir mis misivas... Io malo es que, como tú sabes, el reumatismo de mi muñeca se va acentuando día tras día. Progresivamente, hallo más y más dificultades cuando quiero coger la pluma... En fin, no quiero que mientras pueda evitarlo salgan de esta casa mis cartas personales mecanografiadas.»
-Usted pudo haber escrito las cartas con su escritura normal -manifestó el señor Fullerton-. Luego con poner al pie dé las misivas alguna fórmula clásica, como la de «por orden» u otra por el estilo, asunto concluido.
-La señora no quería que hiciese eso. Deseaba que las personas a quienes iban destinadas las cartas pensasen que las había escrito ella misma.
Y eso, pensó el señor Fullerton, podía ser verdad. El detalle encajaba perfectamente en la manera de ser de la señora Llewellyn-Smythe. La anciana se había quejado siempre de no poder hacerse sus cosas, de tener que delegar ciertos menesteres en otras personas. No se había resignado tampoco ante la prohibición de los largos paseos, de las prolongadas excursiones por la campiña, que tanto le habían agradado. Se lamentaba de la torpeza de sus manos, de la derecha especialmente. Le gustaba repetir: «Me encuentro bien, perfectamente bien y puedo hacer todo lo que de veras me proponga.»
Sí. Lo que Olga le estaba diciendo era indudablemente cierto. Debido a ello, precisamente había sidp aceptado al principio, sin la menor desconfianza, el codicilo que prolongaba el último testamento, adecuadamente redactado y firmado por la señora Llewellyn-Smythe. El señor Fullerton reflexionó que había sido en su despacho donde nacieran las primeras sospechas, debido a que él y su joven socio conocían muy bien la letra de la anciana. Fue el joven Cole quien comentó:
-Me cuesta trabajo creer que haya sido la señora Llewellyn-Smythe la autora de este codicilo. Sé que últimamente padecía mucho de artritis... Compare esa letra con la de los otros documentos que acabo de sacar de entre sus papeles. En este codicilo hay algo muy extraño.
El señor Fullerton se mostró de acuerdo con su socio. Se pensó entonces en el juicio de los peritos calígrafos.
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