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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.102

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Me dijeron todo lo que les pasó por la cabeza. Me dijeron que había influido astutamente en la anciana, para que me favoreciese. Y cosas peores. Mucho peores. Llegaron a asegurar que yo había redactado el testamento. ¡Tonterías! Fue ella quien lo escribió. Ella, sí. La señora me ordenó después que saliera de la habitación. Llamó a la mujer de la limpieza y a Jim, el jardinero. Les dijo que tenían que firmar el papel... No era yo quien tenía que estampar mi firma al pie a causa de que el dinero iba a parar a mí. ¿Y por qué no? ¿Por qué no había de haber en mi vida una racha de buena suerte, un poco de felicidad? La cosa me pareció maravillosa. ¡Cuántos proyectos para el futuro forjé al enterarme de aquello!
-Es natural, es natural...
-¿Y por qué no había de concebir yo mis planes? ¿Por qué no había de alegrarme de todo aquello? Voy a ser feliz. Y rica. Y tendré todas las cosas que tanto he ansiado poseer en la vida. ¿Hice yo algo malo? Nada. Tengo que repetírselo: nada.
-He intentado hacerle ver ciertos extremos...
-Se me ha dicho que yo he mentido. Se me ha dicho que yo fui la autora del documento. No es cierto que lo redactara yo. Fue ella quien lo escribió. Nadie puede sostener lo contrario.
-Son muchas las afirmaciones que ha hecho cierta gente -declaró el señor Fullerton-, Y ahora, escúcheme... Cese en sus protestas y preste atención a lo que voy a indicarle. ¿Verdad que la señora Llewellyn-Smythe, en las cartas que usted escribió en nombre suyo, quiso que imitara fielmente su escritura? Esto sucedía porque estimaba que corresponder a las cartas de sus amistades con textos mecanografiados era una desatención, delatadora de la existencia de un afecto más bien superficial. He aquí una creencia que arranca de los días victorianos. Hoy en día nadie se preocupa por el hecho de recibir cartas escritas a mano o mecanografiadas. ¡Ah! Pero la señora Llewellyn-Smythe consideraba la misiva escrita a máquina una descortesía. ¿Usted entiende lo que le estoy diciendo?
-Naturalmente que lo entiendo. Pero me lo pedía ella... Me decía: «Olga: hazme el favor de contestarme esas cuatro cartas en el tono que te he indicado. Traduce las notas taquigráficas que tomaste y haz que la letra de las cartas se parezca lo más posible a la mía propia.


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