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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.101

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-Las personas no siempre desean atenerse estrictamente a las instrucciones del doctor. Muchas veces, su aspiración máxima es que no las importunen sus parientes. Es muy corriente que a la gente le guste vivir su vida, hacer lo que se le antoje, disfrutar de lo que la atrae más. La anciana tenía mucho dinero. ¡Podía conseguir lo que le pasara por la cabeza! Era rica. Era rica, rica, rica, y podía hacer lo que le diera la gana con su dinero. El señor y la señora Drake poseen ya bastante capital. Tienen una hermosa casa, buenas ropas, dos coches... Son gente acomodada. ¿Por qué ese afán de tener todavía más?
-Eran los únicos parientes de la anciana...
-Ella quería que yo disfrutase de su dinero. Yo le había inspirado siempre mucha compasión. Sabía perfectamente las pruebas por las cuales había pasado. Estaba enterada de que mi padre había sido detenido por la policía de mi país, para ser deportado posteriormente. Mi madre y yo no volvimos a verlo. Luego, le llegó el turno a mi madre... ¡Y cómo murió! Más tarde, murieron todos los miembros de la familia. Es terrible, terrible, todo lo que he tenido que soportar. Usted no tiene idea de lo que es vivir en un estado policíaco. Yo sé perfectamente lo que es esto. ¡Oh! Usted se encuentra de parte de la policía. Usted no está a mi lado.
-Yo no puedo estar a su lado, compréndalo -contestó el señor Fullerton-. Lamento muchísimo todo lo que le ha sucedido, pero creo que usted misma se lo buscó.
-¡Eso no es verdad! No es cierto que yo haya hecho algo que no debí hacer. ¿Cuál ha sido mi conducta? Fui amable con la señora Llewellyn-Smythe; me mostré complaciente con ella... Le proporcioné cosas que el médico le había prohibido que comiera. Chocolate y mantequilla, por ejemplo. El doctor insistía en que debía ceñirse a las verduras en su dieta. Era demasiado monótono. La apetecía especialmente la mantequilla. No quería que le faltase mantequilla en ningún momento.
-No se trata solamente de eso -declaró el señor Fullerton.
-La cuidé a conciencia. Fui complaciente con ella. Y la señora, lógicamente, se mostró agradecida. Y luego, cuando ella murió y me enteré de que a causa de su afecto y agradecimiento había redactado un documento por el que me cedía todo su dinero, los Drake hicieron acto de presencia, asegurando que aquél no iba a ser para mí.


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