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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.100

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.. Ninguno de estos personajes actuaba impulsado por la necesidad; ninguno de ellos podía considerarse un desesperado. La mayor parte de tales personas procedían de aquel modo por la excesiva indulgencia con que habían sido educadas. Y se creían sinceramente en el derecho que les asistía a tomar por las buenas lo qué sus bolsillos no podían proporcionarles. Pero además de su fe en la justicia, el señor Fullerton albergaba en su pecho otro sentimiento: el de la compasión. Le apenaban profundamente los reveses del prójimo. Sentía lo de Olga Seminoff. Y mucho. Sí. Pese a no aceptar los apasionantes argumentos que ella expuso en defensa propia.
-He venido a verle para solicitar su ayuda. Pensé que usted querría ayudarme. El año pasado fue usted muy amable conmigo. Me facilitó los trámites legales que habían de permitirme permanecer un año más en Inglaterra. Se me ha dicho: «Usted no tiene por qué contestar necesariamente a las preguntas que le formulen. Puede estar representada por un abogado.» Es por lo que he venido aquí...
-Las circunstancias han cambiado -manifestó el señor Fullerton, recordando la sequedad, la frialdad con que pronunciara aquellas cuatro palabras-. No es lo mismo ahora. En este caso yo no me encuentro en libertad para actuar en su nombre legalmente. Represento ya a la familia Drake. Como usted sabe, soy desde nace tiempo el abogado de la señora Llewellyn-Smythe.
-Pero... ella murió ya. Y por el hecho de estar muerta no necesita de los servicios de ningún abogado.
-La señora Llewellyn-Smythe la apreciaba a usted mucho.
-En efecto. Es lo que he estado indicándole a usted. Ésa es la causa de que ella deseara dejarme su dinero.
-¿Todo su dinero?
-¿Y por qué no? ¿Por qué no? No sentía mucha inclinación por sus parientes más cercanos.
-Está usted en un error: quería mucho a sus sobrinos.
-Puede que sintiese algún aprecio por el señor Drake. La señora Drake, en cambio, no le decía nada. La encontraba muy pesada. La señora Drake se metía en todo. No permitía hacer a la señora Llewellyn-Smythe nada de lo que le agradaba. No le dejaba, por ejemplo, comer lo que a la anciana le apetecía más.
-Es una mujer consciente de sus obligaciones, quizás, e intentaba, probablemente, que su tía se ajustase a las instrucciones del médico en cuanto a su dieta, procurando, por otro lado, que no hiciese demasiado ejercicio físico y otras cosas que no favorecían en lo más mínimo su salud.


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