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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.42

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-Pero, bueno, no ha habido prueba alguna de que la chica fuese atacada por un muchacho... En lo que tengo entendido, al menos.
-No, pero a la gente le gusta pensar en esa clase de sucesos. Todo se torna más intrigante. Usted ya conoce la manera de ser de algunas personas...
-Uno cree conocerla, que no es lo mismo, amiga mía. Lo que sucede realmente, la mayor parte de las veces, es que no sabemos del prójimo nada en absoluto.
-¿Y no sería mejor que en esta visita a la señora Reynolds le acompañara mi amiga Judith Butler? Ésta la conoce, en tanto que yo soy una extraña para ella.
-Haremos las cosas tal como las hemos planeado.
-Perdón. No me acordaba de que el programa del computador estaba en marcha ya -murmuró la señora Oliver, con un leve destello de rebeldía.
CAPÍTULO VII
La señora Reynolds era un carácter completamente distinto del de la señora Drake. En ella no se advertía el aire de competencia que se observaba en seguida en esta última. Nada de su persona tampoco inducía a pensar que cambiaría con el tiempo.
Vestía de luto y llevaba en una mano, estrujado, un pañuelo húmedo. Evidentemente, lloraba con el menor pretexto.
-Ha sido usted muy amable -dijo dirigiéndose a la señora Oliver-, hacer venir aquí a uno de sus amigos, con objeto de ayudarnos -la mujer estrechó la mano de Poirot, observando a éste con vacilante mirada-. La verdad es que no se me ocurre qué puede hacer va nadie por nosotros... Nada me devolverá a mi pobre hija. ¡Oh! Es terrible... ¿Cómo puede ser que haya personas capaces de matar a criaturas de esa edad? Si ella hubiese proferido algún grito, al menos... Aunque supongo que el asesino la forzaría inmediatamente a permanecer con la cabeza dentro del cubo... ¡Oh! La sola imagen de lo sucedido me horroriza. Pensar en ello supone para mí un terrible tormento.
-Por Dios, señora. Yo no abrigo precisamente la intención de atormentarla. Por favor, no piense ahora en eso. Yo sólo pretendo hacerle unas cuantas preguntas, por si las respuestas correspondientes pudieran ayudarnos a... a dar con el asesino de su hija. Ya me imagino, naturalmente, que usted no posee la más leve idea acerca de su probable identidad.
-¿Qué idea voy a tener sobre eso? Jamás se me había pasado por la cabeza el pensamiento de que a mi hija podía ocurrirle semejante desgracia.


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