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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.32

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Puede que se trate de un incidente que le produjo alguna extrañeza al ocurrir. La jovencita lee la novela, o lo que sea, y entonces se dice: «Bueno, eso puede ser de esta manera o de esta otra. Yo me pregunto si ella o él, obró deliberadamente.» Pues sí, amigo mío, son muchas las posibilidades.
-Y usted ha hecho acto de presencia aquí para dedicarse a estudiarlas, ¿no es así?
-Yo creo que es una empresa de gran interés para todos -afirmó Poirot.
-¡Ah! Usted y yo nos hemos visto obligados siempre a tener en cuenta a los demás, ¿eh?
-Usted, Spence, se halla en condiciones de facilitarme una información excelente. No en balde conoce a la gente de este poblado.
-Haré todo lo que pueda por complacerle -declaró Spence-. Para ello, he de confiar en el sano juicio de Elspeth. Pocas cosas hay acerca de la gente de este lugar que ella no conozca.


CAPITULO VI
Muy satisfecho por lo que había logrado con aquella entrevista, Poirot se despidió de su amigo.
La información que ansiaba poseer llegaría a sus manos oportunamente. Acerca de eso no tenía la menor duda. Había conseguido interesar a Spence en aquel asunto. Y Spence, una vez lanzado sobre una pista, como el buen sabueso que había sido, no se apartaría de ella fácilmente. La reputación de que gozaba como miembro, ya jubilado, de la Brigada de Investigación Criminal, le haría ganar amigos sin mucho esfuerzo en el sector policíaco de la localidad.
Poirot consultó su reloj de pulsera. Diez minutos más tarde vería a la señora Oliver frente a una casa llamada «Apple Trees». La verdad era que ese nombre resultaba misteriosamente apropiado...
Siguiendo el camino que le habían indicado, Poirot llegó puntualmente a una casa con fachada de rojos ladrillos, de estilo georgiano, rodeada por un seto vivo en el que había un haya, que abarcaba un bonito jardín.
Introdujo una mano por entre los hierros de la puerta y soltó el pestillo, pasando al interior. Encima de aquélla vio un rótulo que rezaba: «Apple Trees». Un sendero le condujo hasta la entrada de la vivienda. Semejante a una de esas figuras de ciertos relojes suizos que aparecen de pronto al dar las horas, la puerta de la casa se abrió, emergiendo del interior la señora Oliver, quien se aproximó inmediatamente a los peldaños de acceso.
-Es usted terriblemente puntual -dijo la señora Oliver, casi sin aliento-.


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