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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.26

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Pero de eso hace mucho tiempo. Me echó usted una mano entonces, Poirot, una mano que me vino muy bien. Requerí su ayuda y usted no me la regateó precisamente.
-Me sentí muy halagado cuando decidió consultar conmigo los detalles del caso -manifestó Poirot-. He de decir que me sentí desesperado en una o dos ocasiones. El hombre a quien teníamos que salvar era un tipo difícil, por el que apenas se podía hacer nada. Era el individuo clásico, decidido a no intentar nada que pudiese resultar favorecedor. Había que salvarle de la última pena, creo... ¡Ha transcurrido tanto tiempo desde entonces!
-Se casó con aquella muchacha, ¿no? La primera, ¿verdad? No hubo nada que hacer con la de los cabellos rubios, ¿en? Me pregunto cómo les irá en la actualidad. ¿Ha tenido noticias de ellos?
-No -dijo Poirot-. Presumo que todo les marcha a las mil maravillas.
-No sé qué es lo que esa muchacha vería en aquel hombre.
-He aquí una de las grandes cosas de la Naturaleza -comentó Poirot-. Muy frecuentemente, un individuo carente de atractivos resulta atrayente e incluso enloquecedor a los ojos de algunas mujeres. Lo único que cabe esperar después de observar un fenómeno de este tipo es que los jóvenes en cuestión se casen y vivan felices el resto de sus vidas.
-No creo que aquella pareja consiguiese vivir feliz de tener en su casa a la madre...
-Por supuesto -dijo Poirot-. O al padrastro.
-Bien. Aquí estamos los dos hablando de nuevo de los viejos tiempos. Todo eso pasó a la historia. Siempre pensé que aquel hombre (no logro recordar su apellido ahora), debiera haber montado una funeraria. Tenía el rostro y los modales adecuados. Quizás acabara abriendo un negocio así. La chica tenía algún dinero, ¿no? Pues sí. Habría hecho un funerario estupendo. Le veo vestido de negro de los pies a la cabeza, dando órdenes a sus empleados, durante el funeral de turno. Quizás hubiera sabido hablar con entusiasmo de la madera de olmo o de teca destinada a la construcción de los féretros. Como no podía prosperar era haciendo seguros o vendiendo fincas -Spence guardó silencio unos momentos, diciendo luego, de repente-: La señora Oliver. Ariadne Oliver. Manzanas. ¿Fue así como llegó a tener contacto con este asunto? Y a esa pobre criatura la obligaron a meter la cabeza en un cubo lleno de agua, con unas manzanas a flote, en el curso de una reunión.


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