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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.13

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Era una voz femenina. La respiración de su dueña parecía muy agitada-. Di por descontado que no se encontraría usted en casa, que habría salido.
-¿Y por qué habría de pensar eso? -inquirió Poirot.
-Porque estoy convencida de que en nuestros días todas las cosas se confabulan contra nosotros. Todo nos sale mal. Cuando alguien necesita ver urgentemente a una persona, cuando no se puede esperar, hay que esperar, de un modo ineludible. Yo he querido ponerme en contacto con usted urgentemente, en seguida...
-¿Y usted quién es? -preguntó Hércules Poirot.
La voz femenina delató la gran sorpresa de su dueña.
-¿No se lo imagina? -preguntó la mujer incrédula.
-Sí, sí me lo imagino. Usted es mi amiga Ariadne.
-Estoy en un terrible estado de excitación nerviosa...
-Sí, ya me he dado cuenta de ello. ¿Ha estado usted corriendo? La noto casi sin aliento.
-No he estado corriendo, precisamente. Es efecto de la emoción. ¿Puedo ir a verle en seguida?
Poirot dejó que pasaran unos segundos antes de contestar. Su amiga, la señora Oliver, parecía hallarse tremendamente excitada. Le pasara una cosa u otra, dedicaría un largo rato a la exposición de sus preocupaciones, aflicciones, desengaños o lo que fuese lo que estuviera atormentándola. Una vez asentada en los dominios de Poirot, resultaría difícil para éste inducirla a regresar a su casa sin pecar de descortés. Los hechos o cosas que excitaban a la señora Oliver eran tan numerosos y sorprendentes, a menudo, que era preciso ir con cuidado para evitar el comienzo de cualquier discusión sobre ellos.
-Algo la ha trastornado, amiga mía.
-Sí. Desde luego que estoy trastornada. No sé qué hacer. No sé... ¡Oh! No sé nada. Lo que yo creo que debo hacer es ir a verle y contarle... contarle lo que ha sucedido, pues usted es la única persona capaz de tomar una decisión y de señalarme un camino a seguir. Así, ¿puedo ir a verle?
-Naturalmente que sí. Me encantará recibirla.
Su comunicante colgó el micro de pronto y Poirot llamó a George, reflexionó unos momentos y le dijo que preparase una limonada y una copa de coñac.
-La señora Oliver se presentará aquí dentro de unos minutos –le explicó.
George se retiró. Regresó con la copa de coñac, que era para su señor, quien la aceptó con un gesto de satisfacción. Unos instantes más tarde, George dejaba en una mesita la limonada, bebida que gozaba de las preferencias de la señora Oliver.


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