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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.12

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Le resultaba enojoso, cuando menos, que Solly no apareciera por allí aquella noche. Al hablar con él en las primeras horas de la jornada tosía continuamente por el catarro.
-Estaba muy resfriado -dijo Hércules Poirot-. E, indudablemente, a pesar de los medicamentos de que dispongo aquí, a mano, habría terminado, probablemente, por contagiarme su constipado. Es mejor que no venga. Tout de méme -añadió con un suspiro- eso significa que me espera una velada terriblemente aburrida.
Eran muchas las veladas que pasaba aburrido ahora, pensó Hércules Poirot. Su mente, pese a funcionar espléndidamente (él no tenía la menor duda acerca de tal extremo), requería determinados estímulos externos. Nunca se había hallado en posesión de un cerebro filosófico. Había momentos en que casi se arrepentía de no haberse dedicado al estudio de la Teología en vez de incorporarse a las fuerzas policíacas en su juventud. ¿Qué número de ángeles podía danzar en la punta de una aguja? Habría sido interesante sentir que eso era lo que en realidad interesaba y discutirlo apasionadamente con un colega.
Entró su servidor, George, en la habitación.
-Era el señor Salomón Levy, señor.
-¡Ah, sí!
-Lamenta mucho no poder venir por la noche a esta casa. Se encuentra en cama, con un fuerte ataque de gripe.
-No tiene ningún ataque de gripe -manifestó Poirot-. Está resfriado, simplemente. Ahora todo el mundo se cree bajo los efectos de la gripe. Esto suena a cosa más importante. La gente, en tales casos, se muestra más afectuosa y compadecida. Lo malo del resfriado común es que no suscita las mismas consideraciones de simpatía de los amigos.
-Lo mejor que puede pasar, señor, es que no venga por aquí, después de todo -declaró George-. Esos resfriados de cabeza son muy contagiosos. No le iría a usted nada bien caer en cama con uno de ellos.
-Sería extraordinariamente tedioso -comentó Poirot.
El timbre del teléfono sonó de nuevo.
George se dirigió a la mesita en que estaba aquél.
-Yo atenderé la llamada -dijo Poirot-. Estoy seguro de que se trata de cualquier nadería. Pero de todos modos... -se encogió de hombros. En algo hay que pasar el rato.
-Muy bien, señor -contestó George, abandonando la habitación. Poirot se llevó el micro al oído.
-Hércules Poirot al habla -declaró con cierta solemnidad, destinada a impresionar a la persona que se encontrase en el otro extremo del hilo telefónico.
-Es maravilloso -contestó una voz saturada de ansiedad.


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