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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.11

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Está habituado a efectuar todo género de experimentos en el laboratorio fotográfico. Aquí se manejan sin muchos quebraderos de cabeza patillas, bigotes o barbas. Luego, con ayuda de la luz y todo lo demás, las chicas se quedan encantadas.
-No puedo evitar el pensar que las chicas son bastante tontas en nuestros días -comentó Ariadne Oliver.
-¿Y no cree que siempre lo han sido? -inquirió Rowena, interviniendo.
La señora Oliver reflexionó unos instantes.
-Creo que tiene usted razón -admitió.
-Bueno, ahora le ha llegado el turno a la cena -anunció la señora Drake.
La cena estuvo bien. Helados, dulces, quesos... Chicos y chicas comieron de todo, hasta hartarse.
-Y ahora -dijo Rowena-, lo último de la noche: el «Snapdragon». Por ahí, más allá de la despensa. Bien. Primeramente los premios, ¿eh?
Los premios fueron presentados y luego se oyó el lamento clásico, en forma de llamada, de una hada. Los presentes regresaron a toda prisa al comedor.
De la mesa habían sido retirados los platos y demás objetos. Aquélla había sido cubierta por un paño verde, siendo colocada encima una gran fuente de llameantes uvas. Todos chillaban, abalanzándose, procurando quedarse con algunas de las ardientes uvas, con voces de: «¡Oh! ¡Me he quemado! ¿No es delicioso?» Poco a poco el «Snapdragon» fue chisporroteando, hasta apagarse por completo. Fueron encendidas las luces. La reunión había llegado a su fin.
-La reunión ha sido un éxito -sentenció Rowena.
-¡No faltaría más, con la serie de molestias que usted se ha tomado!
-Ha sido todo magnífico -indicó Judith con su gesto sereno de costumbre-. Magnífico. Hubo una pausa.
-Y ahora -agregó un tanto fatigada-, tendremos que aclarar esto un poco. No podemos dejarlo todo para mañana, para cuando vengan esas pobres mujeres a limpiar...
CAPÍTULO III
En cierto piso de Londres sonó el timbre del teléfono. El propietario de aquél, Hércules Poirot, se agitó en su sillón. Sintióse, de pronto, contrariado. Sabía perfectamente qué significaba aquella llamada. Su amigo Solly, con quien tenía que pasar la velada, reavivando su vieja controversia, interminable, sobre el real culpable del crimen de los Baños Municipales, en Canning Road, iba a decirle que no podía acudir a la cita. Poirot, quien se había hecho de algunas leves pruebas que favorecían su personal hipótesis un tanto forzada, sentíase profundamente decepcionado. No creía que su amigo Solly aceptara sus sugerencias, pero estaba convencido de que cuando aquél, a su vez, exteriorizara sus fantásticas creencias, él, Hércules Poirot, lograría con toda facilidad demolerlas en nombre de la cordura, la lógica, el orden y el método.


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