Las manzanas (Agatha Christie) - pág.7
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Al final quedó decidido que el cubo de hierro galvanizado era preferible frente al de plástico. Este último se volcaba con nada...
La señora Oliver dejó en la estancia un cesto de manzanas destinado al concurso para el día siguiente. Volvió a coger otra...
-En los periódicos leí una vez que era muy aficionada a esa fruta dijo la voz acusadora de Ann o Susan. No sabía quién le acababa de hablar.
-Es mi principal debilidad -reconoció la señora Oliver.
-Sería muy divertido que le gustasen los melones -objetó uno de los chicos-. Tienen más jugo. Dejaría huellas del que se comiera por todas partes -agregó el chico paseando con anticipado placer la vista por la alfombra.
La señora Oliver, sintiéndose un poco avergonzada por aquella proclamación de su debilidad, salió de la habitación para ir en busca de otra cuyo emplazamiento no resultaba nunca muy difícil de descubrir. Subió por una escalera y al llegar a un descansillo tropezó con una pareja de jovencitos, un niño y una niña verdaderamente, todavía, estrechamente abrazados, los cuales se hallaban apoyados en la puerta del recinto que ella deseaba alcanzar. La parejita no le hizo el menor caso. Los dos suspiraban. La señora Oliver consideró un momento sus respectivas edades aproximadas. El chico contaría quince años, quizás ella tendría poco más de doce, si bien su busto hacía pensar en dos o tres más.
«Apple Trees»2 era una casa de regulares dimensiones. Tenía varios rincones agradables. ¡Qué egoísta era la gente! pensó la señora Oliver. Nadie pensaba en el prójimo. Este tópico acudió a su mente en seguida. Le había sido inculcado sucesivamente por una doncella, un ama de casa, su abuela, dos tías, su madre y otras personas.
-Dispensadme, chicos -dijo la señora Oliver, alzando la voz, con toda claridad.
El chico y la chica se estrecharon todavía con más fuerza, uniendo apasionadamente sus labios.
-Dispensadme -repitió la señora Oliver-. ¿Queréis hacer el favor de dejarme pasar ahí dentro?
Muy a disgusto, los dos jovencitos se separaron, mirándola con ojos agresivos. La señora Oliver se deslizó dentro del cuarto inmediatamente, echando el pestillo.
La puerta no ajustaba muy bien. A sus oídos llegaron fácilmente unas palabras pronunciadas por los que se habían quedado fuera.
-¿Qué te parece? Así suele ser la gente -dijo una voz incierta de tenor-. ¿Es que esa señora no ha visto que no queríamos que nos molestasen?
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