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Las manzanas (Agatha Christie) - pág.5

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-¿Qué me decís de los espejos? ¿Llegaremos a ver realmente en ellos a nuestros esposos? Quitándose los zapatos disimuladamente y mordisqueando todavía la
manzana, la señora Oliver se dejó caer una vez más sobre el brazo del sofá, observando a las personas que se movían por la habitación con ojo crítico. Estaba diciéndose, con mentalidad de autora de novelas: «Si tuviese que escribir un libro en el que figurase toda esta gente, ¿qué argumento planearía? Aquí no hay más que buenas personas, creo... Sin embargo, ¿quién sabe si...?»
Se dijo que resultaba fascinante, en determinados aspectos, no saber nada acerca de aquellos seres. Todos vivían en Woodleigh Common. Algunos circulaban de un lado para otro con sus marbetes, por así decirlo, debidos a los detalles que conservaba en la memoria facilitados por Judith. La señorita Johnson... Algo que ver con la iglesia. No, la hermana del párroco... ¡Oh, no! Era la hermana del organista, por supuesto. Rowena Drake parecía «mangonearlo» todo o casi todo en Woodleigh Common. La resoplante mujer que había traído el cubo, un cubo de plástico particularmente espantoso. Pero bueno, es que la señora Oliver nunca había sido aficionada a las cosas de plástico. Y luego estaban los chicos, los chicos y las chicas, de diez y once años para arriba.
Hasta aquel momento todos eran nombres exclusivamente para la señora Oliver. Había una Nan, una Beatrice, una Cathie, una Diana y una Joyce. Esta última parecía una muchacha muy segura de sí misma, muy aficionada a formular preguntas. Había otra chica, llamada Ann, que se veía a mucha altura por encima de las demás, superior. Se encontraban allí dos chicos adolescentes que daban la impresión de haber ensayado con sus cabellos diversas clases de peinados, al final con unos resultados catastróficos.
Entró en la estancia un chico más pequeño, moviéndose por ella con aire tímido.
-Mamá envía estos espejos por si pueden servir -dijo con voz apenas audible.
La señora Drake se hizo cargo de ellos.
-Muchas gracias, Eddy.
-Son espejos muy corrientes -manifestó la chica que respondía al nombre de Ann-. ¿Llegaremos a ver en ellos los rostros de nuestros futuros esposos?
-Algunas de vosotras, sí; otras, no -contestó Judith Butler.
-¿Vio usted alguna vez el rostro de su marido durante una de estas reuniones, en su tiempo.
-Desde luego que no -opinó Joyce.
-Es posible -declaró Beatrice-. A eso se le llama P.


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