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Las aventuras de Johnnie Waverly (Agatha Christie) - pág.8

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Al fin, a requerimiento de Poirot, presionó un resorte en la pared, cosa que hizo correr un panel, y por un estrecho pasillo entramos en el Agujero Secreto.
-Ya ve usted -dijo Waverly-. Aquí no hay nada.
La reducida habitación estaba completamente vacía, y el suelo aparecía escrupulosamente barrido. Me reuní con Poirot, que contemplaba atentamente unas huellas en un rincón.
-¿Qué le parece esto, amigo mío?
Veíanse cuatro marcas muy juntas.
-Las pisadas de un perro -exclamé.
-De un perro muy pequeño, Hastings.
-Un pomeranian.
-Más pequeño.
-¿Un grifón? -insinué.
-Más pequeño todavía que un grifón. Una especie desconocida en el Kennel Club.
Le miré. Su rostro resplandecía de entusiasmo y satisfacción.
-Tenía razón -murmuró-. Sabía que estaba en lo cierto. Vamos, Hastings.
Al regresar al vestíbulo el panel cerróse a nuestra espalda y una joven salió de una puerta del pasillo. El señor Waverly nos presentó.
-La señorita Collins.
La señorita Collins tendría unos treinta años de edad, y sus ademanes eran rápidos y despiertos. Tenía los cabellos rubios y usaba gafas sin montura.
A una indicación de Poirot entramos en una alegre habitación en donde la interrogó acerca de los criados y especialmente de Tredwell. Admitió que no le agradaba el mayordomo.
-¡Se da tanta importancia...! -explicó.
Luego pasaron a tratar de la comida que tomara la señora Waverly la noche del día veinticinco. La señorita Collins declaró que ella había comido lo mismo en su salita de arriba y que no se sintió mal.
Cuando ya marchaba le dije a Poirot:
-El perro.
-¡Ah!, sí el perro. -Sonrió abiertamente-. ¿Tiene algún perro, por casualidad, señorita?
-Hay dos perdigueros en las perreras.
-No; me refiero a un perro pequeño, de juguete.
-No, no hay ninguno.
Poirot la dejó marchar. Luego, presionando el timbre, me hizo observar:
-Esa mademoiselle Collins miente. Es probable que en su caso yo hiciera lo mismo. Ahora veamos al mayordomo.
Tredwell era un individuo muy digno. Contó su historia con perfecto aplomo, que era exactamente la misma que la del señor Waverly. Confesó conocer el Agujero Secreto.
Cuando se hubo retirado tropecé con la mirada inquisitiva de Poirot.
-¿Qué le parece todo esto, Hastings?
-¿Y a usted? -pregunté a mi vez.
-¡Qué precavido se ha vuelto! Nunca le funcionarán las células grises, a menos que las estimule. ¡Ah!, pero no le voy a meter prisa. Saquemos juntos nuestras deducciones. ¿Qué punto nos parece más difícil?


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