Las aventuras de Johnnie Waverly (Agatha Christie) - pág.5
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Claro que el inspector McNeil avisó inmediatamente por teléfono dando la descripción del automóvil y del hombre, y al principio pareció que todo iba a terminar bien, ya que un coche de las mismas características, con un hombre y un niño, fue visto en varios pueblos, marchando, al parecer, con rumbo a Londres. Se detuvieron en cierto lugar y pudieron observar que el niño lloraba y estaba muy asustado y temeroso de su acompañante. Cuando el inspector McNeil me anunció que habían detenido aquel automóvil y a sus ocupantes, casi me pongo enfermo de la alegría. Ya sabe lo que ocurrió luego. El niño no era Johnnie y el hombre era un automovilista empedernido, muy aficionado a los niños, que había recogido a un pequeñuelo en las calles de Edenswell, un pueblo situado a quince millas de nosotros, y le estaba dando un paseo. Gracias a la estúpida seguridad de la policía, todos los demás rastros habían desaparecido. De no haber perseguido con tanta insistencia a aquel coche equivocadamente, hubiera podido encontrar al niño.
-Cálmese, monsieur. La policía es un Cuerpo de hombres inteligentes y arriesgados. Su error fue muy natural, ya que el ardid estaba muy bien tramado. Y en cuanto al hombre que capturaron en el parque, tengo entendido que su declaración ha consistido en una negativa constante. Insiste en que la nota y el paquete le fueron entregados para ser llevados a Waverly Court. El hombre que se lo dio, le pagó con un billete de diez chelines, prometiéndole otros diez si lo entregaba exactamente a las doce menos diez. Tenía que acercarse a la casa por el parque y llamar a la puerta lateral.
-No creo ni una sola palabra -declaró la señora Waverly con valor- Es una sarta de mentiras.
-En verité es una historia bastante floja -dijo Poirot, pensativo-. Pero por ahora no han conseguido sacarle nada más. Tengo entendido que también hizo cierta acusación.
Miró interrogadoramente al señor Waverly, que volvió a enrojecer.
-Ese individuo tiene la pretensión de que Tredwell es el hombre que le dio el paquete. «Sólo que ahora se ha afeitado el bigote.» ¡Tredwell, que ha nacido en mi hacienda...!
Poirot sonrió Ligeramente ante la indignación del hidalgo campesino.
-No obstante, usted mismo sospecha que alguien íntimamente ligado a su casa tiene que ser cómplice del rapto.
-Sí, pero no Tredwell.
-¿Y usted, señora? -preguntó Poirot volviéndose de improviso hacia la dama.
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