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Las aventuras de Johnnie Waverly (Agatha Christie) - pág.3

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Les di una hora para recoger sus cosas y salir de la casa.
El rostro ya de por sí encarnado del señor Waverly se puso dos veces más rojo al recordar su pasado arrebato.
-¿No fue algo imprudente, monsieur? -sugirió Poirot-. Porque de ese modo pudo usted ayudar a sus enemigos con toda efectividad.
-No se me ocurrió -dijo el señor Waverly mirando con fijeza al detective-. Mi intención era que se fueran todos. Telegrafié a Londres para que me enviaran nuevo servicio aquella misma tarde. Entretanto, sólo había dos personas en la casa en quienes poder confiar: la secretaria de mi esposa, miss Collins, y Tredwell, el mayordomo, que ha estado conmigo desde que yo era niño.
-Y esa señorita Collins, ¿cuánto tiempo lleva con ustedes?
-Sólo un año -repuso la señora Waverly--. Es una secretaria incomparable y también ha resultado un ama de llaves muy eficiente.
-¿Y la niñera?
-La tenemos desde hace seis meses. Presentó inmejorables referencias. De todas formas, nunca me agradó a pesar de que Johnnie la adoraba.
-Sin embargo, me figuro que cuando ocurrió la catástrofe ya se había marchado. Señor Waverly, ¿quiere tener la bondad de continuar?
El señor Waverly apresuróse a obedecer.
-El inspector McNeil llegó a eso de las diez y media. Entonces los criados ya se habían marchado, y se declaró muy satisfecho con los arreglos hechos. Había dejado varios hombres apostados en el parque, guardando todas las entradas que pudieran llevar hasta la casa y me aseguró que si todo aquello era una burla cogería al misterioso corresponsal.
»Fui a buscar a Johnnie y con el inspector nos refugiamos en una habitación que llamamos la Cámara del Consejo. El inspector cerró la puerta con llave. Hay un gran reloj y las manecillas señalaban casi las doce. No puedo negar que estaba más nervioso que un gato. De pronto el reloj comenzó a sonar y yo estreché a Johnnie contra mi pecho. Tenía la sensación de que el secuestrador iba a caer del techo. Al dar la última campanada oyóse una gran conmoción fuera..., gritos y carreras. El inspector abrió la ventana y el sargento se acercó corriendo.
»-Ya lo tenemos, señor -jadeó-. Estaba oculto entre los arbustos.
»Salimos corriendo a la terraza, donde dos agentes sujetaban a un individuo mal vestido que se debatía en un vano afán de escapar. Uno de los policías estaba abriendo un paquete que acababa de quitar al prisionero.


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