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Las aventuras de Johnnie Waverly (Agatha Christie)

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LAS AVENTURAS DE JOHNNIE WAVERLY
Agatha Christie



-Tiene que comprender los sentimientos de una madre -repitió la señora Waverly, quizá por sexta vez y mirando suplicante a Poirot. Nuestro pequeño amigo, siempre comprensivo ante una madre apurada, trató de tranquilizarla con un gesto.
-Pues claro, claro; la comprendo perfectamente. Confíe en Papá Poirot.
-La policía... -comenzó a decir el señor Waverly.
Su esposa despreció la interrupción.
-Yo no quiero saber nada más de la policía. ¡Confiamos en ellos, y mira lo que ha ocurrido! Pero he oído hablar tanto del señor Poirot y de las cosas tan maravillosas que ha realizado, que presiento que él tal vez pueda ayudarnos. Los sentimientos de una madre...
Poirot, con un gesto elocuente, apresuróse a evitar otra repetición. La emoción de la señora Waverly era auténtica, y contrastaba con su carácter duro y áspero. Cuando supo que era la hija de un importante fabricante de aceros de Birmingham que se había abierto camino hasta la actual posición, comprendió que había heredado muchas de las cualidades paternas.
El señor Waverly era un hombre grandote y jovial. De pie y con las piernas muy separadas tenía todo el aspecto de un campesino hacendado.
-Supongo que está enterado de todo, ¿verdad, señor Poirot?
La pregunta era casi superflua. Durante varios días los periódicos publicaron amplias informaciones acerca del sensacional rapto del pequeño Johnnie Waverly, de tres años de edad y heredero de Marcus Waverly, Waverly Court, Surrey, una de las familias más antiguas de Inglaterra.
-Desde luego, conozco los detalles más importantes, pero le ruego que vuelva a contarme toda la historia, monsieur, y sin olvidarse de nada, por favor.
-Bien. Creo que el principio de todo esto fue la carta anónima que recibí hace diez días... (¡qué desagradables son los anónimos!) y que no tenía ni pies ni cabeza. El que escribía me exigía la entrega de veinticinco mil libras..., ¡veinticinco mil libras, señor Poirot!.., y me amenazaba con raptar a Johnnie en caso contrario. Naturalmente, arrojé el anónimo al cesto de los papeles. Cinco días después recibí otra carta por el estilo: «Si no paga, su hijo será secuestrado el veintinueve.» Eso fue el veintisiete. Ada estaba muy alarmada, pero yo no quise tomar en serio el asunto. ¡Maldita sea!, estamos en Inglaterra. Nadie va por ahí raptando niños para conseguir un rescate.
-Desde luego, no es muy corriente -repuso Poirot-. Continúe, monsieur.


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