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La señal en el cielo (Agatha Christie) - pág.9

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Su espíritu intrépido lo impulsaba a hacer algo importante. Iría a Banff, y si Louise Bullard estaba allí, la buscaría hasta encontrarla.
Contrariamente a lo que suponía, gozó bastante durante la travesía. Hacía mucho tiempo que no realizaba un viaje tan largo por mar. La Riviera, Le Touquet, Deauville y Escocia constituían su acostumbrada gira. La sensación de que estaba embarcado en una misión tan delicada aumentaba su regocijo.
¿Qué pensarían de él sus compañeros de a bordo si conocieran el motivo de su travesía? Pero, claro..., ellos no conocían a Mr. Quin.
En Banff le fue fácil dar con su objetivo. Louise Bullard estaba empleada en el mejor hotel de la localidad. Doce horas después de su arribo, consiguió entrevistarse con ella.
Era una mujer de unos treinta y cinco años, de apariencia anémica, aunque de sólida contextura. Tenía cabello castaño claro levemente ondulado y un par de ojos pardos de mirada honesta. La primera impresión de Satterthwaite fue que estaba tratando con una persona algo tonta, pero digna de la más absoluta confianza.
Ella aceptó sin rodeos su afirmación de que le habían encargado que consiguiera mayores informes con respecto a la tragedia de Deering Hill.
-Vi en los diarios que Mr. Martin Wylde había sido condenado. Realmente, es muy triste.
No obstante, demostró no tener ninguna duda acerca de la culpabilidad del acusado.
-Un verdadero caballero que fue por mal camino. Aunque no me gusta hablar mal de los muertos, debo decir que fue la señora la que lo condujo a eso. No podía dejarlo en paz; no podía. Pero, en fin, ya han recibido ambos su castigo. Me acuerdo de un proverbio que cuando chica tenía colgado sobre mi cama, que decía: "A Dios no se lo puede burlar". Y eso, es una gran verdad. Yo tenía el presentimiento de que algo iba a ocurrir esa noche, y no me equivoqué.
-¿Cómo es eso? -preguntó Mr. Satterthwaite.
-Yo estaba en mi cuarto, cambiándome de ropa, señor, y se me ocurrió mirar por la ventana. Pasaba un tren en ese momento, y el humo rosado que despedía adquiría en el aire, créame señor, la forma de una mano gigantesca. Una enorme mano blanca en contraste con el carmesí del cielo. Los dedos estaban crispados como si quisieran apoderarse de algo. Le aseguro que tuve un sobresalto. Me dije a mí misma: ¿Sabes?, eso es el augurio de que algo va a ocurrir, y en ese mismo instante se oyó el tiro.


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