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La señal en el cielo (Agatha Christie) - pág.5

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Juró que había dejado la escopeta afuera, apoyada contra la pared exterior de la casa, y que cuando se separó de Vivian, uno o dos minutos después de las seis y cuarto, ella estaba viva y perfectamente bien. De allí se encaminó directamente a su casa. Sin embargo, de las declaraciones recogidas se desprende que no llegó a su residencia hasta las siete menos cuarto. Y esto es raro, por cuanto, como ya he mencionado, vive escasamente a una milla de distancia. No puede tomarle media hora cubrir ese trecho. Dice que se olvidó por completo de la escopeta. No parece muy probable que haya sido así, y sin embargo...
-¿Y sin embargo? -inquirió Mr. Quin.
-Pues -contestó lentamente su interlocutor-, tampoco es imposible. El fiscal, naturalmente, ridiculizó esa suposición, pero creo que estaba equivocado. He conocido a muchos jóvenes y sé que escenas como ésas los alteran sobremanera, especialmente a aquellos de tipo nervioso, como Martin Wylde. Las mujeres pueden participar en una escena como ésa y sentirse más aliviadas después; les sirve de válvula de escape, les calma los nervios y quedan más tranquilas y descongestionadas. Pero, en cambio, creo poder imaginarme a Martin Wylde saliendo de esa casa con la cabeza hecha un torbellino, fastidiado y desdichado, sin acordarse siquiera de la escopeta que había dejado apoyada contra la pared exterior.
Se calló durante unos minutos y luego continuó: -No es que tenga mayor importancia, pues, desgraciadamente, la segunda parte es bien clara. Eran exactamente las seis y veinte cuando se oyó la detonación. Todos los sirvientes la oyeron; la cocinera, su ayudante, el mayordomo, la sirviente de comedor y la doncella de lady Barnaby. Todos corrieron hacia la sala de música. Allí la encontraron, tirada sobre uno de los dos sillones. El arma había sido disparada a quemarropa, con el fin de no errar el blanco. Dos balas, por lo menos, le perforaron la cabeza.
Hizo una ligera pausa, que aprovechó Mr. Quin para preguntar: -Supongo que los sirvientes habrán prestado declaración de todo eso...
Mr. Satterthwaite asintió.
-Sí, el mayordomo llegó al lugar dos o tres segundos antes que los demás, pero las declaraciones de todos ellos coinciden punto por punto.
-¿Así que declararon todos? -insistió Mr. Quin pensativamente-. ¿No hubo excepciones?
-¡Hum...! Ahora recuerdo; la sirviente de comedor sólo fue citada para la indagación judicial.


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