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La señal en el cielo (Agatha Christie) - pág.3

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-Tal vez -exclamó Mr. Satterthwaite, en tono de duda-. Pero las pruebas... -¡Ah
-contestó rápidamente Mr. Quin-. Temo no conocer íntegramente las prueba
expuestas.
La fe en sí mismo renació en Mr. Satterthwaite. Sintió que una fuerza extraña lo impulsaba a hablar. Tuvo la sensación de que iba a decir algo extraordinario..., profundo y dramático.
-Permítame que trate de hacerle ver las cosas. Yo conozco a los Barnaby, ¿comprende? Estoy enterado hasta de las circunstancias más peculiares. Lo conduciré a usted entre bastidores, para que pueda observar la representación desde adentro.
Mr. Quin se inclinó hacia adelante con una sonrisa alentadora.
-Si hay alguien que pueda revelarme eso, nadie mejor que usted, Mr. Satterthwaite -dijo.
Mr. Satterthwaite se aferró a la mesa con ambas manos. Estaba como trastornado. En aquel momento era un artista; un artista cuyo recurso eran las palabras.
En forma suave y a grandes rasgos pintó la vida en Deering Hill. Sir George Barnaby, anciano y obeso, orgulloso de su fortuna, era un hombre que vivía pendiente de los detalles más insignificantes. Era metódico, disciplinado, incapaz de olvidarse de dar cuerda a sus relojes todos los viernes por la noche. Liquidaba personalmente sus cuentas los martes por la mañana y vigilaba noche a noche que la puerta de la calle estuviera debidamente cerrada. En otras palabras, era un hombre exageradamente cuidadoso.
De sir George pasó luego a lady Barnaby; su crítica fue menos dura, pero no por eso menos firme. La había visto relativamente poco, pero su impresión había sido definida y duradera.
Era una criatura llena de vitalidad; demasiado joven para su marido. Sin experiencia de la vida, pero con ansias de vivirla.
-ella odiaba a su marido. Había llegado a casarse con él sin saber lo que hacía, y ahora....
Estaba desesperada, según siguió explicando, desorientada. No contaba con ninguna clase de recursos propios y dependía exclusivamente de su anciano marido. Sin embargo, parecía no darse cuenta de lo que esto significaba para ella. Era hermosa, aunque su belleza era más una promesa que realidad. También era ambiciosa. A su ansia de vivir unía una gran ambición; un deseo vehemente de tener más de lo que tenía.
-Nunca llegué a conocer a Mr. Wylde -continuó Mr. Satterthwaite-más que por referencias. Se dedicaba de lleno a las tareas de su granja, situada a poco más de un kilómetro de Deering Hill.


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