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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.144

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En seguida empecé a alardear de los deseos que sentía a veces de ir a pegar cinco tiros a mi marido. Cuando me presentaron a Charlotte, le expuse mi idea, claro está que sin explicarle la verdad. Le dije sólo que era con el fin de ganar una apuesta, y que ella recibiría diez mil dólares. Ante la seguridad que tenía de ganar ese dinero, se entusiasmó tanto, que algunos de los detalles fueron idea suya. Como el cambio de ropa no podíamos hacerlo en mi casa por estar Ellis, ni en la suya por su camarera, pensé hacerlo en el hotel.
Desde el momento en que empecé a planear el asesinato, decidí que Charlotte Adams también tenía que morir. Era una lástima, pero no había otro remedio. Yo tenía en casa un poco de veronal, pues solía tomarlo algunas veces. Gracias a él la cosa resultaba sencillísima, pero era preciso que se creyese que Charlotte acostumbraba tomarlo. Entonces encargué la cajita de oro con una inicial cualquiera y la inscripción «París, noviembre». Así, me figuré que se complicaría más la cosa. Encargué la cajita por carta y mandé luego a Ellis a buscarla. Claro que ella ignoraba lo que contenía el paquete.
Mientras Ellis estuvo en París, me apoderé de uno de los bisturís que ella usaba para los callos, que fue el que empleé para matar a Edgware. Escogí aquel bisturí por lo agudo de su filo. Un doctor de San Francisco me había enseñado dónde se tenía que clavar el arma para que la muerte fuese instantánea. Le pedí una explicación clara y repetida por si algún día podía serme útil. Al doctor le dije que esperaba emplear su idea en una película. Fue una mala jugada la que me hizo Charlotte Adams escribiendo a su hermana, siendo así que me había jurado que no diría una palabra a nadie. Cuando vi la carta pensé en destruirla, pero después reflexioné y me pareció mucho mejor rasgar una de las hojas. Eso fue idea mía, y creo que puedo enorgullecerme de ella más que de las demás. Todos tendrán que reconocer que demostré poseer talento al ocurrírseme una cosa así.
Todo se desarrolló como yo había pensado. Cuando vino aquel inspector de Scotland Yard, temí que me detuviese; pero, aun siendo así, me habría dejado en libertad ante la declaración de las personas que me vieron en la cena de sir Montagu Córner y que no sospechaban que la mujer que vieron cenando allí no era lady Edgware.


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