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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.141

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Está asombrado. Y de pronto la verdad se abre paso en su cerebro. Aquélla no es la misma mujer. Las dudas le embargan. No está seguro de sí mismo. Quiere que le aconsejen y piensa en mí. Habla con Hastings. Pero lady Edgware le oye y se entera también de que no estaré en casa hasta las cinco. A las cinco menos veinte va a casa de Ross. Éste abre la puerta y se sorprende mucho al verla, pero no se asusta. Un muchacho alto y fuerte no siente miedo de una mujer. La hace entrar en el comedor. Mientras hablan, ella se coloca detrás de él y, en completa seguridad, le apuñala. Quizá él lanza un grito ahogado, nada más.
Hubo una pausa. Luego Japp dijo roncamente:
-Pero ¿por qué hizo todo eso, si su marido estaba dispuesto a concederle el divorcio?
-Porque el duque de Merton es uno de los más firmes sostenes del catolicismo inglés. Porque no hubiese pensado nunca en casarse con una mujer cuyo marido viviese todavía. Es un joven fanático. En cambio, con una viuda podía casarse inmediatamente. Sin duda, ella le debió sugerir varias veces la solución del divorcio, pero él no debió picar el cebo.
-Entonces, ¿para qué le envió a usted a ver a lord Edgware?
-Ah, parbleau! -Poirot, que hasta entonces había estado muy correcto, volvió a su naturaleza exaltada-. ¡Para ponerme una venda en los ojos! ¡Para hacer de mí un testigo que demostrase que ella no tenía ningún interés en cometer el crimen! ¡Para hacer de mí, Hércules Poirot, su salvaguardia! ¡Ma foi, que lo logró! ¡Y qué cerebro el suyo! ¡Cómo se hizo la sorprendida cuando lo de la carta que le había escrito su esposo y que ella juró no haber recibido! ¿Sintió algún remordimiento por alguno de los tres crímenes cometidos? Seguramente que no.
-Ya le dije a usted lo que era ella -dijo Bryan Martin-. Bien se lo advertí. Sabía que mataría a su marido. Es una mujer mala. Diabólicamente mala. Ojalá pague caro lo que ha hecho. Ojalá la condenen y ahorquen.
Su rostro estaba rojo como la grana. Su voz era ronca.
-¡Vamos! ¡Vamos! -dijo Jenny Driver.
Hablaba como las institutrices cuando se dirigen a un chiquillo.
-¿Y la cajita de oro con la inscripción «París, noviembre» en el interior de la tapa? -preguntó Japp.
-La encargó por carta a París y mandó a Ellis, su camarera, a buscarla.


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