La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.138
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Ante el cadáver había un sobre con billetes de Banco franceses por valor de cien libras. Impulsado por la codicia, cogió aquellos billetes y salió de la casa para esconderlos. Luego volvió, abriendo la puerta con la llave de lord Edgware, y dejó que la criada descubriese el crimen a la mañana siguiente. No creía correr ningún peligro, porque estaba completamente convencido de que lady Edgware era la criminal y el dinero estaba ya fuera de la casa y cambiado mucho antes que el crimen se descubriese. Ahora bien: cuando lady Edgware demostró que era inocente y Scotland Yard empezó a investigar sus antecedentes, huyó.
Japp aprobó con la cabeza.
-Me quedaba todavía por resolver la cuestión de las gafas. La más sospechosa era miss Carroll. Ella podía haber sustraído la carta que lord Edgware escribió a Jane. Mientras concertaba con Charlotte Adams los detalles de la suplantación, o bien al encontrarse después del crimen, podían habérsele caído las gafas en el monedero de Charlotte. Sin embargo, aquellas gafas no parecían pertenecer a mis Carroll. Venía hacia aquí con Hastings, muy deprimido, tratando de ordenar en mi cerebro los sucesos, cuando de repente ¡ocurrió un milagro! Primero, Hastings me habló de varias cosas, recordándome la casualidad de que Donald Ross había sido uno de los trece asistentes al banquete de sir Montagu Córner y fue el primero en morir. Como en aquellos momentos yo estaba pensando en otras cosas más importantes, no presté atención a lo que me decía. Iba pensando en quién podría informarme respecto a los sentimientos de míster Martin por Jane Wilkinson. Ella no me los diría, estaba seguro. En aquel momento, unas muchachas que paseaban por mi lado iban comentando una película. Una de ellas, refiriéndose a un personaje de la película, dijo algo acerca de cierta Ellis. Inmediatamente, toda la verdad se me reveló -Poirot miró en torno suyo y siguió-: Sí; las gafas, la llamada telefónica, la mujer que fue a París en busca de la cajita de oro, eran cosa de Ellis, la camarera de Jane Wilkinson. Lo comprendí todo: los candelabros, la luz tenue de la mansión de sir Montagu Córner, mistress Van Deusen... Todo. Todo.
CAPITULO TREINTA
EL RELATO
Nos miró.
-Ahora, amigos míos -dijo amablemente-, voy a contaros la verdad de cuanto sucedió aquella noche. Charlotte Adams salió de su casa a las siete, en un taxi, y se fue al Piccadilly Palace.
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