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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.134

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Si ustedes me lo permiten, empezaré a contar los hechos desde el principio...
Japp suspiró y miró su reloj.
-Si no emplea más de una hora... -dijo.
-Tranquilícese, no tardaré tanto tiempo. ¿No quiere usted enterarse de quién mató a lord Edgware, a miss Adams y a Donald Ross?
-Me gustaría saber lo último -dijo Japp.
-Pues escúcheme y se enterará de todo. Voy a ser humilde. (¡No es probable!, pensé incrédulamente.) Voy a contarles todos mis pasos. Cómo tuve una venda en los ojos, cómo cometí una gran imbecilidad, cómo necesité la conversación de mi amigo Hastings y la observación de un desconocido, para que al fin lograse comprender la verdad -se detuvo un momento, tosió para aclararse la garganta y empezó a hablar con su voz de lectura, como él decía-. Empezaré por la cena del Savoy. Lady Edgware me llamó y me pidió una entrevista privada. Quería librarse de su marido. Durante la entrevista dijo, algo indiscretamente, que había pensado coger un taxi, ir a casa de su marido y matarlo. Aquellas palabras fueron oídas por Bryan Martin, que entró en aquel momento -miró a su alrededor y preguntó-: ¿No es cierto lo que digo?
-¡Ya lo creo! Todos lo oímos -dijo el actor-. Los Widburn, Marsh, Charlotte; en fin, todos.
-De acuerdo, de acuerdo. Eh bien, no pude olvidar aquellas palabras de lady Edgware. A la mañana siguiente vino a verme míster Bryan Martin con el propósito de referírmelas.
-De ninguna manera -dijo Bryan Martin, irritado-. Yo vine... Poirot levantó una mano.
-Usted vino, aparentemente, a contarme la enmarañada historia de cierta persecución. Un cuento tan inverosímil, que un niño lo hubiese comprendido. Seguramente la sacó usted de alguna película antigua. «Una muchacha cuyo consentimiento necesitaba usted para obrar. Un hombre al que reconoció gracias a un diente de oro.» Mon ami, ningún joven lleva en nuestros días un diente de oro; eso ya no lo usa nadie, y menos en América. El diente de oro es un objeto pasado de moda. Por tanto, era una cosa absurda. Una vez que soltó su fantástica historia, pasó a lo verdaderamente importante de su visita, a infiltrar en mi cerebro la sospecha sobre lady Edgware. Para decirlo con más claridad, usted preparaba el terreno para el caso de que ella asesinase a su marido.
-No entiendo lo que usted quiere decir -refunfuñó Bryan Martin. Su rostro estaba pálido como el de un muerto.


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