La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.132
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Tal vez lo haya olvidado.
-Tal vez.
Había algo en la voz de Poirot que pareció alarmarla. Preguntó ansiosamente:
-No creerá usted que mi señora corre peligro.
-Sí -dijo Poirot-; creo que corre un gran peligro. Pero lo lleva en ella misma
Su mano se deslizó sin objeto por la repisa de la chimenea, tropezando con un jarrón lleno de rosas y haciéndolo caer. El agua se derramó sobre el rostro y la cabeza de Ellis. Pocas veces había visto a Poirot tan torpe. Debía de estar muy preocupado. Él mismo fue a buscar una toalla, y mientras se deshacía en excusas, ayudó amablemente a la camarera a secarse la cara y el cuello.
Al fin, después de estrechar fuertemente su mano, la acompañó hasta la puerta, dándole gracias por su amabilidad de haber venido.
-Pero aún es pronto -dijo mirando el reloj-. Estará usted de vuelta antes que su señora.
-Seguramente. Creo que cenará fuera Pero, de todas maneras, nunca quiere que la espere, a menos que me lo haya advertido antes.
De pronto, Poirot exclamó:
-Perdóneme, señorita; pero parece que cojea usted.
-No es nada; son los pies, que me duelen un poco.
-¿Callos? -preguntó Poirot confidencialmente, como lo hace uno que sufre un mal y se lo pregunta a otro que también padece de él.
Parece que efectivamente sufría de los callos. Poirot le explicó cierto remedio que, según él, hacía milagros.
Por fin, Ellis se marchó. Yo estaba lleno de curiosidad.
-¿Qué, Poirot, qué me dices? -pregunté.
-Por esta noche, nada. Mañana por la mañana, temprano, telefonearemos a Japp y le diremos que venga. También telefonearemos a Bryan Martin, pues creo que podrá decirnos algo interesante, y, además, quiero saldar una deuda que tengo con él.
-¿De verdad?
Miré a Poirot, que me sonreía de una manera rara.
-No creo que puedas sospechar de él como asesino de lord Edgware -le dije-. Especialmente después de lo que acabamos de oír. Eso, en lugar de una venganza, hubiese sido hacer el juego de Jane. Era librarla del marido, que resultaba un obstáculo para el casamiento con Merton.
-¡Qué inteligente!
-No te burles -dije, molesto-. ¿Qué tienes en la mano?
-Son las gafas de la excelente Ellis -contestó-. Se las ha dejado olvidadas.
-No digas tonterías. Al marcharse las llevaba puestas. Negó lentamente con la cabeza.
-Estás equivocado, completamente equivocado. Las que llevaba, amigo mío, eran las que se encontraron en el monedero de Charlotte Adams.
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