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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.129

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Poirot no contestó. Yo sentí cierto malestar, como suele ocurrir cuando nos encontramos con que las supersticiones se confirman.
-Admitirás que es raro -dije en voz baja.
-¿Eh?
-Digo que es raro eso de Ross y de los trece. ¿En qué estabas pensando?
Con profundo asombro y disgusto vi que Poirot empezaba a retorcerse de risa. Parecía que iba a darle un ataque. Indudablemente, algo había causado aquel regocijo.
-¿De qué diablos te ríes? -pregunté vivamente.
-¡Oh! Es que me he acordado de una adivinanza que oí el otro día. Te la voy a decir. ¿Qué animal tiene dos patas, plumas y ladra?
-La gallina -dije malhumorado-. Lo sabía desde que tenía dos años.
-Eso no vale, Hastings; tenías que haber dicho: «No lo sé.» Entonces yo hubiese contestado: «La gallina.» Y tú: «Pero la gallina no ladra.» Y yo hubiese dicho: «¡Ah! Eso es para despistar.» Supongamos que esa es la explicación de la letra «D».
-Pero todo eso no tiene sentido.
-Para la mayor parte de la gente, no; pero para ciertos cerebros, sí. ¡Oh, si alguien pudiese contestarme!...
En aquel momento pasábamos junto a un importante cine. El público que salía del local hablaba animadamente, comentando las películas que acababa de ver. Mezclados entre un grupo, atravesamos la Euston Road.
-«Me ha gustado mucho -iba diciendo una muchacha-. Bryan Martin es encantador; no pierdo ni una película suya. ¡Qué emocionante es aquella escena en que baja a caballo por aquel barranco y por fin llega a tiempo con los documentos!»
Su compañero no era tan entusiasta.
-«Todo eso es una idiotez. Si hubiesen tenido la sensatez de interrogar a Ellis en seguida, como hubiese hecho cualquier persona de sentido común...»
El final no lo oí. Al llegar a la acera me volví, y vi que Poirot estaba parado en medio de la calle, con grave peligro de morir aplastado por alguno de los camiones que pasaban rozándole. Instintivamente, cerré los ojos. Oí un ruido de frenos y el pintoresco lenguaje de un chófer. Al abrir los ojos vi a Poirot que atravesaba la calle como un sonámbulo.
-¡Poirot! -exclamé-. ¿Te encuentras mal?
-No, mon ami; pero de pronto se me ha ocurrido una idea. Ahora, en este mismo momento.
-Pues si te descuidas, es el último de tu vida.
-No importa. ¡Ah!, mon ami; he sido ciego, sordo, tonto. Ahora veo resueltas todas las incógnitas. Sí, las cinco, sí.


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