La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.127
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-¿Acompañó miss Marsh a su padre en las dos ocasiones?
-Nunca le acompañó. Lord Edgware jamás pensó en tal cosa. Por aquel momento ella estaba en un convento de París, pero no creo que su padre fuese a verla; por lo menos, me sorprendería mucho que lo hubiera hecho.
-¿Y usted no le acompañaba?
-No -le miró con curiosidad y le preguntó bruscamente-: ¿Por qué me hace usted todas esas preguntas? ¿Qué se propone? Poirot no contestó y siguió preguntando:
-Miss Marsh quiere mucho a su primo, ¿es verdad?
-No veo en qué pueda interesarle eso, monsieur Poirot.
-Miss Marsh vino a visitarme el otro día. ¿Estaba usted enterada?
-No; no lo sabía -parecía alarmada-. ¿Qué le dijo?
-Me dijo, aunque, desde luego, no con estas palabras, que quería mucho a su primo.
-Entonces, ¿por qué me lo pregunta a mí?
-Porque quiero saber su opinión.
Miss Carroll pareció dudar, y por fin dijo:
-Pues bien: mi opinión es que le quiere demasiado.
-Parece que a usted no le es simpático el actual lord Edgware.
-Yo no he dicho nunca eso. No estoy acostumbrada a él. No es persona seria. No niego que su compañía es agradable y que cuando se pone a hablar es muy divertido. Pero hubiese preferido que Geraldine se interesase por alguien más sensato.
-Por el estilo del duque de Merton.
-No lo conozco, pero parece que toma en serio los deberes de su posición. Mas creo que está interesado por esa mujer, por esa hermosa Jane Wilkinson.
-Su madre...
-¡Oh! Puedo asegurar que su madre preferiría que se casase con Geraldine; pero ¿qué pueden las madres? Los hijos, en eso del matrimonio, nunca quieren hacer caso a sus madres -dijo miss Carroll.
-¿Cree usted que el primo de miss Marsh se interesa por ella?
-En la situación en que él está, poco importa que se interese o no.
-Entonces, ¿cree usted que le condenarán? -preguntó Poirot.
-No; no lo creo. Estoy convencida de que no es el asesino.
-Pero, de todas maneras, puede ser condenado.
Miss Carroll no replicó. Poirot se puso en pie.
-No quiero entretenerla más -dijo-. ¡Ah, oiga! ¿Conocía usted a miss Charlotte Adams?
-La había visto trabajar. Era muy inteligente.
-Sí, mucho -se quedó meditando un momento-. ¡Ah, se me olvidaban los guantes!
Al inclinarse para cogerlos de la mesa en que los había dejado, se enredó un botón de su manga con la cadenita de las gafas de miss Carroll, y se cayeron en la alfombra.
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