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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.122

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Ross es un peligro, y, por tanto, debe ser eliminado.
-Entonces es que debía de ser importante lo que te iba a decir -dije con cierta duda-. Por lo visto, a él no se lo parecía.
-Pues estaba en un error. Indudablemente, lo que tenía que decir era de la mayor importancia.
-Pero ¿cómo se pudo enterar nadie?
-Según me has dicho, habló contigo allí, en el Claridge, rodeado de gente. Una verdadera locura. ¡Ah! ¿Por qué no te lo llevaste, sin permitir que nadie se le acercase hasta que yo hubiese oído lo que tenía que decirme?
-No pensé en ello; nunca me imaginé... -murmuré.
Poirot hizo un gesto.
-No te critico. ¿Cómo ibas a adivinarlo?
Por fin llegamos. Ross vivía en una casa situada en una amplia calle de Kensington. La puerta de la calle estaba abierta
-¡Qué fácil es entrar aquí -dijo Poirot-. Nadie le ve a uno.
En el primer piso había una estrecha puerta, y en el centro de ella estaba clavada la tarjeta de Ross.
Nos detuvimos. En la casa reinaba un silencio de muerte. Empujé la puerta y vi con asombro que estaba abierta. Entramos en un pequeño recibidor, en el que había dos puertas, una abierta y otra que daba a una sala. Entramos en ella. Estaba amueblada modesta, pero confortablemente. No había nadie. En una mesita estaba el teléfono, y junto a él, descansaba el receptor.
Poirot dio unos pasos, observándolo todo con gran atención.
-Aquí no hay nadie. Vamos a la otra habitación, Hastings.
Volvimos hacia atrás y entramos en la otra habitación. Era un pequeño comedor; a un lado, sentado en una silla y de bruces sobre la mesa, estaba Ross.
Poirot se inclinó sobre él. En seguida se enderezó muy pálido.
-Muerto -dijo-. Apuñalado en la nuca.

Durante mucho tiempo, los sucesos de aquella tarde quedaron grabados en mi mente como una terrible pesadilla. No podía desprenderme de un abrumador sentimiento de responsabilidad. Poirot se mostró muy silencioso después de hacer nuestro macabro descubrimiento. Durante la investigación de la Policía, el interrogatorio de los demás inquilinos de la casa y los mil rutinarios detalles de la investigación de un asesinato, había permanecido un poco alejado de todo aquello, extrañamente tranquilo, con una mirada lejana y expectante.
-No podemos perder tiempo en lamentaciones, Hastings -dijo lentamente-. El pobre muchacho que ha muerto tenía algo que decirnos y era de gran importancia; de otro modo, no le hubieran asesinado.


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