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La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.120

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Hacía algún tiempo que no le había visto, y me sorprendió que hubiese mejorado tanto de aspecto. Su expresión macilenta había desaparecido. Parecía más joven y más satisfecho, y su risa demostraba cuan alegre estaba. No pude observarle mejor, porque en aquel momento mi voluminosa vecina se dignó perdonarme y me permitió graciosamente escuchar una larga disertación acerca de las bellezas que encerraba una función teatral infantil que estaba organizando para una fiesta de caridad.
Poirot tuvo que irse pronto. Estaba investigando la misteriosa desaparición de los zapatos de un embajador, y a causa de ello debía acudir a una cita a las dos y media. Me encargó que le despidiese de mistress Widburn. Mientras aguardaba el momento oportuno para cumplir su encargo, que no era cosa fácil, pues en aquel momento mistress Widburn estaba rodeada de amigos, alguien me tocó en el hombro.
Era el joven Ross.
-¿Está aquí monsieur Poirot? Quisiera hablar con él.
Le dije que Poirot acababa de marcharse.
Ross pareció contrariado. Le miré más atentamente y noté que estaba conmovido.
-¿Es que desea hablar particularmente con él?
-No sé... -contestó lentamente.
Era una contestación tan extraña, que le miré sorprendido.
-Parece raro, ya lo sé -dijo sonrojándose-. Pero es que me ha ocurrido algo muy raro. Algo que no entiendo. Me gustaría conocer la opinión de monsieur Poirot acerca de ello. No sé qué hacer...
Estaba trastornadísimo.
-Poirot ha ido a una cita -dije-, pero sé que piensa estar en casa a las cinco. ¿Por qué no telefonea a esa hora o va a verle?
-Muchas gracias; me parece que iré. A las cinco, ¿verdad?
-Sí; pero será mejor que antes telefonee -dije-; así sabrá con seguridad si ha llegado.
-Muy bien, así lo haré... Muchas gracias, capitán Hastings; me parece que puede ser de mucha importancia.
Me incliné y me dirigí al sitio donde mistress Widburn estaba distribuyendo apretones de manos.
Una vez cumplido mi deber de cortesía, me dirigía hacia fuera cuando una mano me cogió del brazo.
-¿Es que no quiere saludarme, capitán Hastings? -dijo una voz alegre.
Era Jenny Driver. Iba elegantísima.
-¿Cómo está usted? ¿De dónde sale?
-Estaba comiendo en una mesa cerca de usted.
-Pues no la había visto. ¿Y qué? ¿Cómo le van los negocios?
-Viento en popa. Gracias.
-Esos «platos» que vende usted, ¿tienen éxito?
-Los «platos», como usted dice, se venden a montones. Bueno, sólo quería saludarle; ahora me voy, pues tengo mucho trabajo.


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