La muerte de Lord Edgware (Agatha Christie) - pág.119
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parecer impropia de él. Era un joven de ideas conservadoras y reaccionarias. Daba la sensación de que por algún lamentable error había nacido en este siglo, en lugar de haberlo hecho en la Edad Media. Su pasión por Jane Wilkinson era uno de esos anacronismos con los que a veces parece distraerse la Naturaleza.
Viendo la belleza de Jane y apreciando el encanto que su cálida voz prestaba a las más vulgares expresiones, comprendí la capitulación de él. Es indudable que una belleza perfecta y una voz arrebatadora pueden llegar a vencer al más indiferente. Pero tal vez entonces ya el sentido común del duque empezaba a disipar los intoxicantes vapores del amor.
En aquellos momentos alguien, no recuerdo quién, dijo algo acerca del Juicio de París. En seguida se oyó la encantadora voz de Jane:
-¿París? -dijo-. Pero ¡si París ya no representa nada en nuestros días! Son Londres y Nueva York los que imperan.
Pronunció estas palabras en una ocasión en que casualmente nadie hablaba. Fue un momento embarazoso. A mi derecha oí que Donald Ross lanzaba una exclamación, y mistress Widburn empezó a hablar precipitadamente de ópera rusa. Los invitados empezaron a hablar entre sí. Sólo Jane siguió mirando tranquilamente a su alrededor, sin la menor idea de que pudiese haber dicho una tontería.
Entonces me fijé en el duque. Estaba con los labios apretados y rojo como una grana. Me hizo el efecto de que aquellas palabras de Jane le habían alejado mucho de ella. Había sido una prueba de que para un hombre de su posición casarse con Jane Wilkinson era un verdadero perjuicio.
Como ocurre a menudo, pregunté lo que primero se me ocurrió a mi vecina, una corpulenta señora que se dedicaba a preparar representaciones teatrales infantiles. Recuerdo que le pregunté: «¿Quién es aquella señora tan rara, vestida de rojo, que está allí, al final de la mesa?» Dio la casualidad de que aquella señora rara era hermana de mi vecina. Después de pedirle mil perdones, me volví hacia Ross y le dirigí algunas preguntas, a las que solamente respondió con monosílabos. Fue entonces cuando al verme rechazado por mis dos vecinos, me fijé en Bryan Martin. Sin duda debió de llegar a la fiesta con retraso, pues no le había visto antes. Estaba en el mismo lado de la mesa que yo, y se inclinaba hacia adelante para conversar animadamente con una bellísima rubia.
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